No reclamé el premio de inmediato. Esperé. El boleto permaneció oculto en una caja de seguridad mientras el proceso de divorcio avanzaba. Daniel, creyendo que yo no sabía nada, aceptó un acuerdo rápido y tacaño, ansioso por deshacerse de mí para empezar su “nueva vida” con Sophie. Firmó los papeles renunciando a cualquier derecho futuro y aceptando una pensión mínima, burlándose de mi “orgullo” por no pedirle más.
El día que el juez firmó la sentencia final, salí de la corte y me dirigí directamente a la sede de la lotería.
Dos semanas después, Daniel estaba en su pequeño departamento con Sophie, probablemente quejándose de lo cara que era la vida, cuando encendió la televisión. Ahí estaba yo, en las noticias, sosteniendo un cheque gigante por 50 millones de dólares. El titular decía: “Madre soltera gana el premio mayor tras un divorcio relámpago”.
Recibí un mensaje de él a los cinco minutos: “Emily, mi amor, cometí un error. Hablemos, somos una familia”.
Bloqueé su número, abracé a Lucas en nuestra nueva casa frente al mar y sonreí. El dinero no da la felicidad, pero ver la cara de derrota del hombre que me traicionó mientras yo reclamaba mi fortuna, fue el mejor regalo que la vida me pudo dar.
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