FORZADA A SUBIR AL ESCENARIO, LA CAMARERA IMPACTA AL MILLONARIO Y AL PÚBLICO AL TOMAR EL MICRÓFONO

Las manecillas del reloj de pared en la cocina de “La Villa Dorada” parecían moverse más lento que nunca esa noche lluviosa de noviembre. Para Elena, cada segundo era un recordatorio del dolor punzante en sus pies y del peso abrumador que cargaba sobre sus hombros, un peso mucho mayor que el de la bandeja de plata repleta de copas de cristal que sostenía con un equilibrio precario. Elena no era solo una camarera en el restaurante más lujoso y pretencioso de la ciudad; era una superviviente. A sus veinticinco años, sus ojos color miel, que alguna vez brillaron con la inocencia de la juventud, ahora reflejaban una fatiga crónica, esa clase de cansancio que no se cura durmiendo, sino que se instala en los huesos cuando la vida golpea una y otra vez sin piedad.

Hacía apenas dos años, Elena estudiaba en el conservatorio, soñando con llenar teatros con su voz. Pero el destino, caprichoso y cruel, tenía otros planes. El accidente de su padre lo cambió todo. De repente, los violines y las partituras fueron reemplazados por facturas de hospital, medicamentos costosos y la responsabilidad de mantener a su madre y a su hermana pequeña. El sueño de la música se guardó en una caja de zapatos bajo su cama, junto con sus viejos cuadernos de canciones, acumulando polvo mientras ella acumulaba horas extras limpiando mesas y soportando la arrogancia de quienes creían que pagar una cena costosa les daba derecho a tratar a las personas como objetos.

Esa noche, el ambiente en el restaurante era especialmente tenso. Se celebraba la gala anual de la alta sociedad, un evento donde se cerraban tratos millonarios entre bocado y bocado de langosta. El invitado de honor era nada menos que Adrián Valente, el productor musical más influyente del país, conocido tanto por su oído infalible para descubrir talentos como por su carácter hermético y difícil. Se decía que Adrián no tenía corazón, que veía a los artistas como productos con fecha de caducidad. Elena lo observó desde la distancia mientras servía el vino en una mesa contigua. Él estaba allí, impecable en su traje oscuro, con la mirada perdida en su copa, ignorando las adulaciones de los comensales que intentaban desesperadamente llamar su atención. Parecía un hombre que lo tenía todo, pero que en el fondo, no disfrutaba de nada.

“¡Elena! ¡Despierta!”, el susurro agresivo de Roberto, el gerente del restaurante, la sacó de sus pensamientos. Roberto era un hombre pequeño con delirios de grandeza, que disfrutaba ejerciendo su minúsculo poder sobre el personal. “La mesa 5 necesita agua, y deja de mirar al Sr. Valente, no eres de su mundo, niña”. Elena asintió, tragándose el orgullo como tantas otras veces, y se apresuró a cumplir la orden. Mientras caminaba, escuchó fragmentos de conversaciones vacías: quejas sobre el clima en las Maldivas, chismes sobre divorcios millonarios y risas forzadas. Se sentía como un fantasma navegando en un mar de superficialidad, invisible, insignificante.

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