FORZADA A SUBIR AL ESCENARIO, LA CAMARERA IMPACTA AL MILLONARIO Y AL PÚBLICO AL TOMAR EL MICRÓFONO

Sin embargo, el caos estaba a punto de estallar. La atracción principal de la noche, una soprano famosa conocida por sus constantes exigencias y berrinches, acababa de llamar para cancelar su presentación alegando un “dolor de cabeza insoportable”, aunque los rumores en la cocina decían que simplemente había encontrado una fiesta mejor. Roberto estaba al borde del colapso. Su rostro pasaba del rojo al pálido en cuestión de segundos. Sin música, la velada sería un fracaso, y un fracaso frente a Adrián Valente podría costarle su reputación y su empleo.

Elena estaba en la cocina dejando unos platos sucios cuando Roberto irrumpió, sudando frío, con el teléfono en la mano y la desesperación en los ojos. Miró a su alrededor, buscando una solución mágica, y sus ojos se posaron en Elena. Recordó vagamente haberla escuchado tararear mientras limpiaba el salón vacío hacía unas semanas. No era una opción ideal, pensó él, era una locura, pero era la única carta que le quedaba.

“Tú”, dijo Roberto, señalándola con un dedo tembloroso. “Tú cantas, ¿verdad? Te escuché el otro día”.

Elena se quedó paralizada. “¿Yo? Señor, yo solo…”

“No me importa si solo cantas en la ducha”, la interrumpió él, agarrándola del brazo y llevándola hacia la entrada del escenario improvisado. “La diva ha cancelado. Necesito que subas ahí y cantes algo. Cualquier cosa. Solo manténlos entretenidos hasta que se sirva el postre o estás despedida. Y créeme, Elena, con las deudas que sé que tienes, no puedes permitirte perder este trabajo”.

La amenaza golpeó a Elena como un balde de agua helada. Pensó en las medicinas de su padre, en el alquiler vencido, en la mirada de preocupación de su madre. No tenía elección. Con el uniforme de camarera todavía puesto, oliendo a cocina y detergente, y con el corazón golpeándole las costillas como si quisiera escapar de su pecho, Elena se encontró parada frente al micrófono. Las luces se atenuaron y un foco solitario la iluminó, cegándola momentáneamente. El murmullo de la sala se detuvo, no por expectación, sino por confusión. ¿Qué hacía la camarera en el escenario? Se escucharon algunas risas burlonas y el tintineo de cubiertos. Elena buscó un punto fijo para no desmayarse del pánico. Sus ojos, buscando un ancla en medio de la tormenta, se cruzaron con la mirada penetrante y curiosa de Adrián Valente. Él no se reía. La observaba con una intensidad que la hizo estremecer. Elena cerró los ojos, respiró hondo, y sintió que el suelo bajo sus pies estaba a punto de abrirse, pero en ese abismo, algo dentro de ella despertó con la fuerza de un volcán a punto de estallar.

La primera nota salió de su garganta temblorosa, frágil como una hoja al viento. Era una balada antigua, una canción que su abuela solía cantarle para dormir, llena de nostalgia y amor perdido. Al principio, nadie prestó atención; las conversaciones continuaron, el ruido de fondo persistía. Pero entonces, Elena recordó por qué cantaba. No cantaba para entretener a esos ricos aburridos. Cantaba por su padre postrado en cama, por los sueños rotos, por la injusticia de su vida, por el dolor acumulado en cada músculo de su cuerpo.

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