Fue humillada por sus suegros durante el divorcio — lo que no sabían era que su padre era millonario…

fallecida cuando ella era apenas una niña, recordó sus palabras susurradas en noches de tormenta cuando Isabela tenía miedo. La dignidad, mi amor, es lo único que nadie puede quitarte a menos que tú la entregues. Abrió los ojos con una determinación renovada. Necesito hacer una llamada. La risa de doña Mercedes llenó la habitación. Una llamada. ¿A quién? ¿A tu padre el mecánico? ¿Crees que él puede salvarte de esto? Isabela sintió el aguijón del insulto, pero no permitió que su expresión lo reflejara.

Su padre, el hombre que la había criado solo después de la muerte de su madre, el hombre que trabajaba día y noche para que ella pudiera estudiar, para que tuviera oportunidades que él nunca tuvo. O al menos eso era lo que los castellanos creían. Mi padre Isabela pronunció las palabras lentamente. Merece saber lo que está pasando. Oh, por favor. Camila puso los ojos en blanco. ¿Qué va a hacer? Amenazarnos con una llave inglesa. Las risas llenaron la habitación.

Don Aurelio, doña Mercedes, el licenciado Fuentes, incluso Rodrigo esbozó una sonrisa cobarde. Todos se reían de ella, de su familia, de su origen humilde. Lo que ninguno de ellos sabía era que Eduardo Márquez, el hombre al que llamaban mecánico, con tanto desprecio, estaba en ese preciso momento estacionando su vehículo frente a la mansión Castellanos y Eduardo Márquez no era ningún mecánico. Isabela tomó su teléfono y marcó el número que conocía de memoria. Sonó una vez, dos veces, tres.

Isabela. La voz de su padre sonó calmada, pero ella detectó esa nota de preocupación que siempre estaba presente cuando se trataba de ella. “Papá”, su voz se quebró ligeramente. Están haciéndolo ahora mismo. Un silencio breve. Luego, ya estoy aquí, mi niña. No firmes nada. Don Aurelio frunció el ceño al ver la expresión de Isabela cambiar. Había algo diferente en sus ojos ahora, algo que no había estado ahí momentos antes. ¿Se puede saber qué le dijiste a tu padre?, preguntó con impaciencia.

Antes de que Isabela pudiera responder, el mayordomo de la mansión apareció en la puerta del salón con expresión desconcertada. “Señor Castellanos”, su voz era cautelosa. “Hay un caballero en la entrada. Dice que viene por la señora Isabella. Dile que espere afuera como la gente de su clase. Doña Mercedes agitó la mano con desdén. Estamos ocupados con asuntos importantes, señora. El mayordomo tragó saliva. El caballero llegó en un vehículo que, bueno, señora, nunca había visto un auto así y viene acompañado de tres abogados y un equipo de seguridad.

El silencio que cayó sobre la habitación fue diferente a los anteriores. Era un silencio de confusión, de alarma, de algo que los castellanos rara vez experimentaban. Incertidumbre. Don Aurelio se puso de pie lentamente. ¿Qué clase de broma es esta? La respuesta llegó en forma de pasos firmes acercándose por el pasillo de mármol. Pasos que resonaban con la autoridad de alguien acostumbrado a que las puertas se abrieran ante él. Eduardo Márquez apareció en el umbral del salón, pero no era el Eduardo Márquez que los castellanos esperaban.

No había overol de mecánico ni manos manchadas de grasa. En su lugar vestía un traje impecable que incluso don Aurelio reconoció como de la más alta costura. Su postura era la de un hombre que había dirigido imperios, negociado con presidentes y destruido a quienes cometieron el error de subestimarlo. A su lado, la licenciada Patricia Solano cargaba un maletín que parecía contener munición legal suficiente para una guerra. Buenas noches. Eduardo habló con voz serena, pero con un peso que hizo que el aire de la habitación se volviera denso.

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