Parece que llegué justo a tiempo. Doña Mercedes fue la primera en recuperar el habla. ¿Quién demonios es usted y cómo se atreve a entrar así en nuestra casa? Eduardo la miró como quien observa a un insecto particularmente ruidoso. Luego sus ojos se posaron en Isabela y su expresión se suavizó por un instante. ¿Estás bien, hija? Isabela asintió, sintiendo lágrimas de alivio amenazando con escapar. No voy a preguntarlo de nuevo. Don Aurelio avanzó hacia Eduardo con expresión amenazante.
¿Quién es usted? Eduardo sacó una tarjeta de su bolsillo y la colocó sobre la mesa de Caoba. con un gesto casi casual. Cuando don Aurelio leyó el nombre impreso, su rostro perdió todo color. No es posible, susurró. Oh, es muy posible. Eduardo sonró, pero no había calidez en esa sonrisa, solo la promesa de una tormenta que estaba a punto de desatarse. Y ahora, si me permiten, vamos a discutir exactamente qué le han estado haciendo a mi hija durante estos años.
Y créanme cuando les digo que no les va a gustar cómo termina esta conversación. El champañe en las copas de los castellanos de pronto pareció haberse convertido en vinagre y la noche apenas comenzaba. El silencio en el salón de la mansión Castellanos era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Don Aurelio sostenía la tarjeta entre sus dedos como si fuera una serpiente venenosa, sus ojos leyendo una y otra vez el nombre impreso, negándose a aceptar lo que veía.
Eduardo Márquez, leyó en voz alta, su tono perdiendo toda la arrogancia que lo había caracterizado momentos antes. Presidente y fundador de Corporación Global Márquez, doña Mercedes arrancó la tarjeta de las manos de su esposo. Eso es imposible. Corporación Márquez es una de las empresas más grandes del continente. Tienen operaciones en más de 20 países. Su fundador es Un fantasma. Eduardo completó la frase con calma. Un hombre del que nadie conoce el rostro, que nunca aparece en revistas ni eventos sociales, que prefiere trabajar desde las sombras mientras otros se llevan los reflectores.
Se quitó los lentes y los limpió con un pañuelo de seda, un gesto simple que realizó con la tranquilidad de quien tiene todo el tiempo del mundo. ¿Saben por qué elegí el anonimato? Continuó. Porque quería que mi hija creciera normal. Quería que conociera el valor del trabajo duro, de la humildad, de ganarse las cosas por mérito propio. No quería que fuera una niña rica rodeada de personas interesadas en su dinero. Sus ojos se oscurecieron mientras recorría los rostros de cada castellanos presente.
Personas como ustedes. Rodrigo se había puesto de pie. Su rostro una mezcla de confusión y creciente pánico. Isabela, ¿tú sabías esto? Isabela miró a su esposo, al hombre que había jurado amarla y que minutos antes permitía que su familia la destrozara. “Sí”, respondió con voz firme. “Siempre lo supe.” “¿Y nunca dijiste nada?” Camila escupió las palabras con incredulidad. “Nos dejaste tratarte como ¿Qué, Camila?” Isabela se puso de pie y por primera vez en años no sintió la necesidad de agachar la cabeza.
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