"El abogado Mendoza y el Dr. Ramírez proporcionaron pruebas que tu hermano recopiló antes de morir", dijo el detective. "Grabaciones. Documentos financieros. Y el mecánico al que le pagaste para manipular los frenos... acaba de confesar".
La palabra que Lucía no podía pronunciar cayó como una bomba:
No había sido un accidente.
Edward había sido asesinado.
Margaret miró a su hijo mayor como si por fin viera al monstruo que había criado.
"¡Mamá, haz algo!", gritó Richard mientras los agentes lo sacaban a rastras. "¡Es mentira! ¡Lo planeó!".
La puerta se cerró.
Y el silencio que siguió fue más pesado que el dolor.
Parte 4 — La decisión que Lucía se negó a tomar
Margaret se desplomó sobre la mesa, sollozando: un hijo muerto, el otro camino a la cárcel, y la mujer a la que había llamado miserable ahora tenía todo lo que importaba en sus manos.
Lucía se levantó lentamente.
Podría haber dicho un montón de cosas duras. Podría haber echado a Margaret de la misma forma en que la habían echado a ella.
Pero la voz de Edward vivía dentro de ella como una brújula:
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