Ahora más pequeña. Cabello completamente blanco. Vestía con sencillez. El antiguo poder se había ido; solo quedaban la edad y el arrepentimiento.
Lucía se acercó y se sentó a su lado.
La voz de Margaret tembló. "Dra. Vega... No debería estar aquí".
"Lucía", la corrigió con suavidad. "Llámame Lucía".
Margaret sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolso con manos temblorosas. "Edward me dio esto cuando era niño".
Dentro había un broche de plata con un colibrí.
"Dijo que era para la mujer que más amaba", susurró Margaret. "Pensé que era yo. Me equivoqué".
Se le llenaron los ojos de lágrimas. "Has salvado más vidas con ese legado de las que nuestra familia ha honrado en generaciones".
Le ofreció el broche. "Tómalo. Y... perdóname. No porque lo merezca. Porque ya no puedo cargar con esta vergüenza sola".
Lucía tomó la mano de Margaret y cruzó los dedos sobre la caja.
“No puedo borrar el pasado”, dijo Lucía en voz baja. “Pero si quieres redención, no lo hagas con joyas”.
Asintió con la cabeza hacia el bullicioso pasillo.
“Este hospital necesita voluntarios para nuestro programa de acompañamiento. Lunes. Pacientes mayores. Jornadas largas. Trabajo de verdad”.
Margaret lloró, esta vez de gratitud, y asintió.
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