Fui chofer de CANTINFLAS y esa NOCHE descubrí algo que NO podía CREER…

Sirve, pa, que yo tenga con qué negociar. Dijo p apretar a algunos, pa frenar otros movimientos, pa salvar aunque sea unas cuantas vidas. Esto no cambia el mundo. Pero sí puede cambiar las próximas semanas. Y a veces semanas son la diferencia entre un muerto más o menos. Mario asintió despacio. Con eso me basta. dijo, “Ella ya no está en su lista fácil, por lo menos.” El político cerró el sobre y se lo guardó en el saco. Pero entiéndelo bien, Mario añadió, con esto ya no puedes decir que no más ibas pasando.

Estás dentro y ellos también saben quién eres. Y no me refiero al que cuenta chistes en el cine. Hubo un silencio. Mario se acomodó en el asiento y dijo, “Hace años que sé quiénes son ellos. Ellos también saben quién soy yo. La diferencia es que antes no me metía tanto. Hoy sí, algo tenía que hacer. El político lo miró como quien mira a un loco o a un valiente. “Pues ya lo hiciste”, dijo. “Y ahora yo tengo que hacer lo mío.

Saca a tu chóer de aquí y no regreses por la puerta frontal. Salgan por donde entran los que no existen en los reportes. Se apartó del coche. Mario me tocó el hombro desde atrás. Vámonos, Julián. Arranqué despacio. Di vuelta en una calle lateral que yo ni había visto. Mientras nos alejábamos vi de reojo como los coches que nos seguían seguían estacionados esperando. Todavía no sabían que ya habíamos soltado la bomba. Manejé en silencio unos minutos hasta que no aguanté.

Mario, ese señor es de los buenos o de los malos. Él soltó una risita cansada. En este país, Julián, nadie es de un puro lado, pero hoy, al menos hoy, va a estar del lado que necesitamos. Se recargó en el asiento y de todos modos, agregó, ya no hay vuelta atrás. Yo seguí manejando con la sensación rara de haber entrado a un juego donde no conocía las reglas. Lo que no sabía era que lo peor todavía no empezaba.

Hay una parte de esta historia que no vi completa con mis ojos. La conozco porque después me la contó el mismo señor Mario y también la muchacha cuando las cosas ya estaban más frías. Pero es parte de la misma noche. Y si no la cuento, parece que todo se arregló fácil. Y no fue así. Cuando el político tomó el sobre y nos dijo que nos fuéramos, yo pensé que ya habíamos terminado, pero no. Antes de salir del todo, el guardia del edificio se acercó a la ventana de Mario y le dijo en corto, “Arriba quieren que se queden un rato, que se enfríe la calle.” Mario dudó.

Me miró. Subimos, dijo, “mientras no nos apaguen estamos mejor adentro que en media avenida.” Yo no quería quedarme, pero tampoco iba a discutir. Apagué el coche, lo cerré y entramos los tres, el señor Mario, la muchacha y yo. Por dentro el edificio se veía distinto. Pasillos largos, pisos viejos, olor a café recalentado y a papel. Nos metieron a un cuartito sin ventanas con una mesa y tres sillas, un foco colgando. Nada más. Espérense aquí, dijo el guardia.

Si se oye relajo, no salgan hasta que alguien de los nuestros abra. Yo me senté frente a la puerta como si con eso pudiera detener a medio mundo. La muchacha se fue a una esquina abrazando su bolsa. El señor Mario se quedó parado caminando despacito de un lado a otro con las manos atrás como pensando. Pasaron unos minutos largos, nadie hablaba, hasta que yo, que siempre acabo metiendo la pata, solté Mario, el del sombrero gris. ¿Quién es realmente?

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