Él se detuvo. Me vio. ¿Por qué preguntas, horror? Porque no parece buena gente, dije, y anda muy cerca de usted. El señor Mario se quedó callado un rato, como midiendo qué tanto decir. Hay lugares donde la buena gente no dura ni una semana, respondió por fin. Si quieres entrar ahí, tienes que parecer de ellos, si no te vuelan. Yo fruncí el ceño. Entonces, él no trabaja para los otros. Negó con la cabeza. Trabaja conmigo”, dijo. Bueno, con nosotros.
Lleva meses metido ahí adentro viendo quién es quién, cómo se mueven. Si hoy estás vivo, es porque él avisó que la muchacha ya no estaba en su lugar. Si no, ni tiempo de salir. Corriendo te daban. Me quedé frío, pero la maleta negra, las vueltas, todo eso. Parte del trabajo. Contestó. Sacar gente, mover pruebas, hacer tratos raros para que suelten a uno y agarren a otro. No es bonito, pero es necesario. Si él se hubiera presentado contigo como buen samaritano, no estaría vivo ahorita.
Yo recargué la espalda en la silla. Tenía que procesar todo de nuevo. Todo lo que me había parecido sucio. No lo era como yo pensé. Era otra cosa. Peligrosa. Sí, chueca en apariencia también. Pero no del lado que yo creía. La muchacha levantó la mirada. Él me cuidaba también, preguntó. Desde que te fuiste con los papeles. Sí, dijo Mario. Te seguía de lejos para ver quién más te seguía, pero llegó un punto en que ya no era suficiente.
Por eso terminaste aquí. Ella bajó otra vez la vista. No sé si se sintió aliviada o peor. De pronto, el foco del cuarto titiló y se apagó. Un segundo. Dos. Se hizo oscuro de ese oscuro feo de interior. Se escuchó un zumbido y luego volvió la luz. Ya ves, murmuró Mario. Eso nunca es buena señal. A los pocos segundos se oyeron pasos en el pasillo rápidos, varios. Después una voz conocida del otro lado de la puerta. Mario era el del sombrero.
El guardia abrió la puerta solo un poquito. Yo me paré al instante. El del sombrero se asomó sin quitarse el gesto serio. Ya lo solieron, dijo. Los de afuera no son los tuyos. ¿Cuántos? Preguntó Mario. Los suficientes como para que esto ya no sea plática. Respondió. Llegaron en coches sin placas. No traen cara de excitatorio, preguntan por la muchacha. Sentí que la piel se me encogía. ¿Cuánto tenemos? Insistió Mario. El del sombrero hizo un cálculo rápido, mirando al techo como si escuchara las pisadas.
Minutos dijo. Tal vez menos si alguien mete la pata. Se volteó hacia mí. No con odio, pero sí con claridad. Él sabe manejar en serio, preguntó. Sabe, respondió Mario por mí. No más se pone nervioso, pero ya se le va a quitar. Yo tragué saliva. No sabía si agradecer o renegar. El del sombrero entró al cuarto y cerró detrás de sí. De Mintu Sinto. Cerca se veía menos frío, pero igual de cansado que todos. A ver, dijo, no hay tiempo para dramas.
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