La cosa está así. Los de afuera creen que el sobre sigue aquí contigo, Mario. Si se enteran de que ya lo entregaste, se van a poner peor. Necesitan agarrar algo o a alguien. Miró de reojo a la muchacha. Ella se apretó contra la pared. “Pues que agarren aire”, respondió Mario. Ella no sale. “Si fuera por mí”, dijo el del sombrero. “Ya iría rumbo a otro país, pero ahorita lo primero es que salga de este edificio.” Mario volteó hacia mí.
“Julián”, dijo, “¿Te acuerdas de la salida de la cochera? ¿Dónde metimos el coche?” “Sí, no es la única,”, añadió. Hay otra atrás por la bodega. De ahí sales a una calle que casi nadie usa. Por ahí te vas a ir. Yo lo vi sin entender del todo. ¿Y ustedes? El del sombrero se cruzó de brazos. Nosotros nos vamos a quedar a recibir visitas, dijo. Con algo para que se entretengan. Mario se acercó a la mesa y sacó de su saco otro sobre Manila.
Igualito al primero. Este está vacío, explicó. Pero por fuera se ve igual. Si ellos ven esto en mi mano, se van a venir conmigo. La muchacha abrió los ojos. No dijo. No se quede, por favor. Mario se agachó un poquito para verla a su altura. Hija, si no se entretienen aquí, nos van a alcanzar allá afuera. Y allá no hay paredes ni focos que se apaguen. Allá son balas. hizo una pausa. No te estoy haciendo un favor, estoy haciendo lo que me toca.
El del sombrero lo miró con respeto, cosa rara en él. Te vas a meter en un lío del que no te saco tan fácil, le advirtió. Llevo metido en líos desde que nací, hombre, respondió Mario. Uno más, uno menos. Luego me miró directo. Julián, en cuanto salga por esa puerta con este sobre, tú agarras a la muchacha y te vas por la bodega. Él señaló al de la sombrero. Va a cerrar el paso lo más que pueda.
No mires atrás. No esperes señales. Si escuchas gritos, te sigues. Entendido. Yo sentí que las piernas me temblaban, pero dije, “Entendido.” La muchacha negó con la cabeza. No puedo dejarlo aquí”, repitió casi llorando. Mario le puso la mano en el hombro. “Ya me han dejado solo en peores lugares”, dijo con una medio sonrisa triste. “Y aquí al menos tengo una ventaja.” “¿Cuál?”, pregunté yo sin hallar ninguna. Se acomodó la chamarra, se echó el sobre falso al saco y respondió, “Que esta vez sé por qué lo estoy haciendo.” El del sombrero se acercó a la puerta y antes de salir se quitó el sombrero un segundo.
No sé si en señal de respeto o porque se le sudó la frente. Se lo volvió a poner y dijo, “Cuando escuchen que se arma el relajo en el pasillo, ese es su momento. No antes, no después. Salió Mario. Se quedó un segundo mirándonos, no como patrón, no como artista, como hombre. De aquí en adelante, dijo, “cada quien sigue su camino. El mío se queda arriba. El de ustedes tiene que terminar lejos de este edificio. Respiró hondo, puso la mano en la perilla y ahí quedó claro.
El hombre que yo creí que andaba en cosas malas, estaba a punto de hacer algo que nadie iba a aplaudir, nadie iba a grabar, nadie iba a creer si se contaba, pero esa era la clase de cosas que él decidía hacer, aunque parecieran otra cosa. Cuando puso la mano en la perilla, el tiempo se hizo raro. No sé si fueron segundos o minutos, pero yo sentí que estábamos ahí atorados, como si el mundo estuviera esperando a ver quién se movía primero, ellos, los de afuera o nosotros.
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