Fui chofer de CANTINFLAS y esa NOCHE descubrí algo que NO podía CREER…

Mario me miró por última vez. No te me vayas a poner héroe, eh, Julián, me dijo. Héroe, ya hay uno de más aquí. Yo hubiera querido contestarle algo chistoso para aflojar el ambiente, pero no me salió nada. No más asentí. Sí, Mario. Abrió la puerta despacio. El pasillo estaba medio oscuro, solo iluminado por focos amarillos de esos que parpadean. Alcancé a ver al del sombrero unos metros más adelante hablándole al guardia en voz baja. Se hicieron señas entre ellos, como si ya tuvieran todo ensayado.

Mario salió primero con el sobre falso bajo el brazo, bien visible. No lo escondía, al contrario, lo traía como quien trae algo que sabe que todos quieren. Cerró la puerta y nos dejó adentro, a mí y a la muchacha. Ella dio dos pasos hacia la puerta. No, no le dije. Espérate, todavía no. Se quedó en medio del cuarto agarrándose las manos, caminando de un lado a otro como tigre enjaulado. Del otro lado, en el pasillo, se empezaron a escuchar voces, primero bajas, luego más fuertes.

No podía distinguir las palabras, pero sí los tonos. Uno calmado que reconocí como el de Mario. Otros cortantes, duros, de hombres que no vienen a negociar, sino a ver quién se dobla. Luego pasos muchos. El eco en el pasillo los hacía sonar más pesados. “Ya llegaron”, murmuré. La muchacha se tapó la boca. Yo me acerqué a la puerta sin pegar la oreja, pero cerca. No quería perderme la señal. Se escuchó al del sombrero. Aquí nadie entra armado.

Y a otro burlón. Ay, por favor, si tú eres el primero que trae cohete, compadre. Después la voz de Mario firme. Ya saben a qué vienen. Aquí está lo que quieren. Imaginé cómo alzaba el sobre. Despacio. Suéltenlo en la mesa dijo alguien. Silencio cortito. No, contestó Mario. Aquí platicamos primero. Yo sentía el corazón en la garganta. Esa forma de hablar era muy de él, calmado, pero con filo. La misma que usaba cuando alguien quería pasarse de listo con un trabajador o con un niño.

Tú no estás en posición de poner condiciones, soltó uno de los otros. Yo tampoco vine a pedir permiso, respondió Mario. En ese momento se escuchó un golpe seco. No sé si fue una silla, una pared o si empujaron a alguien. La muchacha dio un brinco. Lo están golpeando susurró. No sé, dije, aunque sí me lo imaginaba. Luego vino lo que estábamos esperando. El relajo. Voces encima de otras voces, pasos corriendo. Alguien gritó. Cálmense. Y otro le contestó algo feo.

Se escuchó algo como un empujón fuerte, un cuerpo contra la pared, un suéltame que creo que fue del sombrero. Todo pasó rápido. Esa era la señal. Esa hora dije, “Vámonos.” Abrí la puerta del cuarto apenas lo suficiente para asomar la cabeza. El pasillo hacia donde estaban ellos estaba lleno de sombras moviéndose, pero hacia el otro lado, hacia la bodega, se veía vacío. Le hice seña a la muchacha pegadita a mí. No corras, pero tampoco te quedes. Salimos.

Cerré la puerta sin ruido. Mis piernas se sentían flojas como de algodón. Avanzamos por el pasillo contrario, pegados a la pared. Se oían los gritos atrás, pero yo ya no volteé. A mitad del pasillo ella susurró, “¿Y si lo matan?” No pude contestar. Si decía no, le mentía. Si decía sí, se hundía más. Así que solo dije, “Si nos regresamos, nos matan a todos. Llegamos a una puerta de metal con una ventanita cuadrada. Tenía el vidrio esmerilado.

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