No se veía bien del otro lado. Empujé con cuidado. Estaba pesada. Era la bodega. Dentro había cajas. Archiveros viejos, muebles arrumbados, todo olía a polvo y a humedad. “Por aquí salimos a la calle trasera”, le dije. Él ya lo revisó antes. Confía. Atravesamos la bodega casi a oscuras. Solo había un par de rayas de luz entrando por rendijas altas. Yo iba adelante tanteando con la mano y entonces un ruido seco, tres golpes como si patearan algo. La muchacha se detuvo.
¿Fue un disparo? Preguntó. No, no mentí. Son puertas. En realidad no sabía, pero necesitaba que siguiera. Por fin encontramos la puerta trasera metálica con una barra horizontal. Empujé. Esta sí se abrió fácil. nos soltó a un callejón estrecho, húmedo, con un solo foco colgando al fondo. A la derecha vi la parte trasera del edificio. A la izquierda, la boca calle quedaba a donde según Mario, casi nadie pasaba. Por ahí, le dije. Empezamos a caminar rápido, no corrimos, pero casi.
El la callejón parecía alargarse más de la cuenta. Antes de llegar a la boca calle me detuve. Me asomé con cuidado. No había coches, no había gente, solo un perro acostado a media banqueta que ni nos volteó a ver. “Vente”, le dije. Salimos a la calle como quien sale a respirar después de salir del agua. Al fondo, doblando la esquina, se veía la parte trasera de la cochera donde habíamos dejado el coche. Y el señor Mario preguntó otra vez.
Ahí fue cuando sentí que la pregunta se me clavó. Él se quedó para esto. Dije, para que podamos hacer esto, caminar, subirnos al coche, irnos. Si nos regresamos, tiramos su sacrificio a la basura. Creo que ahí lo entendió. No porque se calmara, sino porque ya no insistió. Llegamos a la cochera. El guardia de adentro nos vio sorprendido. Ya se van, dijo. Yo no más respondí. Órale, abre. Él ya sabe. No preguntó más. Levantó la cortina metálica. El coche seguía ahí donde lo había dejado, apuntando hacia afuera.
Me dio una ternura rara ver el carro intacto, como si nada pasara mientras allá adentro se estaba jugando la vida. Abrí la puerta del conductor. Le abrí atrás a ella. súbete rápido. Se acomodó esta vez justo detrás de Edini, como si el asiento de al lado estuviera maldito. Yo metí la llave al switch y ese segundo antes de girarla se me hizo eterno. Pensé, si no prende, aquí se acaba todo. Giré, prendió. No sé si fue obra de Dios, del mecánico o de la gasolina buena, pero prendió al primer intento.
Sentí un golpe de aire en el pecho. Metí primera. A partir de aquí ya es otra cosa le dije. Lo de adentro lo tenemos que dejar en manos de él. Salimos de la cochera. El guardia bajó la cortina detrás de nosotros. En el retrovisor vi como el edificio se hacía chiquito mientras avanzábamos. Entonces, por primera vez me cayó el 20 completo. Mario se había puesto voluntariamente en medio de los que venían por sangre con un sobre falso en la mano, no más para que nosotros pudiéramos hacer lo que estábamos haciendo.
Irnos vivos. No era pose, no era película, nadie lo estaba grabando, no había aplausos. Era un hombre tomando la peor parte, sin asegurarse siquiera de que el final fuera a salir bien. Y aunque sus pasos se escuchaban lejos, ahí, en ese volante caliente, supe que ese era el momento en que él dejó de ser solo mi patrón para convertirse en algo más, en lo que la verdad nunca se atrevió a llamarse un héroe que hacía cosas que desde lejos se veían malísimas.
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