No hace falta nombres, dije. Con que sepa que la vienen persiguiendo por papeles. La mujer sonrió apenas. Él te enseñó bien”, dijo. “Los nombres sobran cuando ya hay demasiados papeles.” Se sentó frente a nosotros en una silla. “A ver”, continuó. “Cuéntenme rápido. ¿Lograron llevar el sobre?” “Sí”, dije. El político ese lo agarró, lo revisó. Dijo que era un mapa de todos los que mandan cosas feas. Ella asintió sin sorpresa. Lo es, dijo. Llevamos años tratando de armar algo así, pero siempre faltaba una parte.
Esa muchacha, señaló con la cabeza, trabajó en el lugar justo. Pero dice el señor, intervine, que aunque tengan el papel, mientras ella esté viva, ellos la van a querer callar. Es al revés”, contestó la mujer. “Mientras ella esté viva, el papel vale más, porque no solo son hojas, es testimonio.” Eso es lo que les da miedo. Me quedé pensando en eso. Yo siempre había visto los papeles como lo importante. Nunca había pensado que la persona que los vio pudiera valer todavía más que la evidencia.
La muchacha habló por primera vez desde que nos sentamos. Aquí no me van a encontrar, preguntó. La mujer. La miró con una mezcla de ternura y cansancio. No te voy a mentir, dijo. Si te quieren encontrar, van a buscar hasta por debajo de las piedras, pero aquí no estás sola. Y eso cambia las cosas. se volvió hacia mí y él preguntó, “¿Dónde lo dejaste?” Yo miré al piso, “Arriba, dije, en el edificio. Se quedó con un sobre vacío para entretenerlos.
Nosotros salimos por la bodega.” Ella cerró los ojos un momento, como si le hubieran dado un golpe que ya esperaba, pero que igual dolía. “Claro”, murmuró. “Tenía que hacer eso. Sabía qué iba a pasar, me pregunté. No así con estos detalles, respondió. Pero cuando aceptó ayudarla, sabía que tarde o temprano iban a venir por alguno y él siempre se pone enfente. Me dio coraje. Pues a mí no me gusta. Solté. Uno se viene con la culpa de dejarlo ahí como si lo estuviéramos vendiendo.
Ella me vio serio. Si te hubieras quedado, los tres estarían muertos, dijo. Él no quería eso. Por eso te dio la dirección. Tú cumpliste tu parte. Yo apreté los puños sobre las rodillas. ¿Y ahora qué? Pregunté. Nada más me voy y ya. Hago como que no pasó nada. No, dijo la mujer. Nada de hacer como que no pasó nada. Vas a vivir sabiendo lo que viste y eso ya te cambia, pero tampoco puedes ponerte a jugar al héroe donde no te toca.
Él ya estaba metido hasta el cuello desde antes. Tú no. La muchacha levantó la cabeza. ¿Y él cree que va a salir de esta? Preguntó. La mujer. Tardó en responder. Él nunca piensa en si va a salir o no. dijo al final, “Piensa en si la persona que está ayudando sale. Hoy eres tú, mañana será otro. Así funciona su cabeza. es su modo de vivir. Y si no se muere por balas, se va a morir por eso mismo, por no saber quedarse al margen.
Eso me pegó fuerte porque era cierto. Lo había visto muchas veces ayudar en cosas que nadie le pedía, pagarle la operación a un niño, sacar a un borracho de una bronca, meterse a hablar con gente peligrosa para que soltaran a alguien. Siempre se metía, aunque nadie se enterara. La mujer se levantó. Ella se queda aquí, dijo, “Tenemos un cuarto preparado. No es hotel de lujo, pero está segura. Tú, Julián, vas a regresar a tu casa, vas a ver a tu familia, vas a hacer que este día parezca normal.
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