Fui chofer de CANTINFLAS y esa NOCHE descubrí algo que NO podía CREER…

Y si alguna vez te preguntan por mí o por esta casa, no nos conoces.” Yo sentí un hoyo en el estómago y si él, si el señor Mario me necesita. Ella me miró con una seriedad que no voy a olvidar. Si él te necesita, va a encontrar como decirte siempre encuentra. Pero hoy, hoy lo único que necesitaba era que cumplas lo que hiciste. Traerla viva hasta aquí. Lo demás, déjaselo a él y a los que estamos del otro lado de esta puerta.

La muchacha se paró, se acercó a mí y me tomó la mano. “Gracias”, me dijo. No sé cómo pagarle. Yo solo alcancé a decirle, “Págame viviendo, mi hija.” Ya con eso me solté de su mano despacio. Me paré y caminé hacia la puerta. La mujer la abrió, miró hacia la calle, se aseguró de que no hubiera nadie y me dejó salir. Antes de cerrar me dijo, “Julián, por si algún día dudas, él no hace cosas malas. Hace cosas sucias para limpiar un poco de tanta mugre.

No es lo mismo.” Asentí con un nudo en la garganta. Salí a la calle. El aire de afuera olía igual, pero yo ya no era el mismo. El coche seguía donde lo dejé. quieto, paciente, como si solo hubiera sido una vuelta cualquiera. Subí, encendí el motor y ahí, con las manos en el volante entendí algo que me había faltado. El plan nunca fue que todos saliéramos bien librados. El plan era que ella viviera, aunque eso significara que él se quedara adentro.

Y esa era la pieza del plan que yo no quería aceptar. Cuando salí de esa casa, sentí que el aire era otro. No porque hubiera cambiado el clima, sino porque adentro dejé algo que no se ve. A la muchacha viva y al señor Mario jugándose quién sabe qué allá arriba con un sobre vacío y un montón de tipos que no conocen la palabra límite. El coche seguía estacionado donde lo había dejado, quietecito, como si nada. Me subí, encendí el motor, pero no arrancaba.

Tenía las manos en el volante y la cabeza todavía metida en el edificio, en los gritos del pasillo, en la cara de Mario cuando dijo, “El mío se queda arriba.” Antes de que me abriera la puerta, la señora de la casa me había dicho una cosa más, casi al oído. Si después de un rato necesitas saber algo, marca a este número desde una caseta. No desde tu casa, no desde el trabajo, de una caseta. Y no preguntes quién te contesta.

Me había dado un papelito doblado con un número escrito a mano. En ese momento ni le hice mucho caso. Ahora lo sentía ardiendo en la bolsa de la camisa. Respiré hondo, metí primera y avancé unas cuadras. No tenía claro si irme directo a mi casa o dar vueltas para enfriar la cabeza. La ciudad empezaba con su ruido de siempre. camiones, gente abriendo cortinas metálicas, el olor a pan recién salido de las panaderías. En una esquina vi una caseta telefónica de las viejas, de esas azules, con el vidrio rallado y la bocina colgando chueca.

Frené. Me quedé viendo la caseta como si fuera una puerta rara. Si entraba, ya no había vuelta atrás. Al final paré el coche junto a la banqueta, apagué el motor y me bajé. Caminé hasta la caseta con las piernas pesadas, saqué el papelito, ahí estaba el número, claro. Metí unas monedas, marqué despacio, número por número. El tono empezó a sonar. Una vez, dos, tres. Bueno, contestó una voz de hombre. No dijo quién habla ni oficina de no sé qué,

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