Fui chofer de CANTINFLAS y esa NOCHE descubrí algo que NO podía CREER…

No es préstamo, me dijo. Es para que no te preocupes de eso mientras manejas. No quiero que me mates por ir pensando en la cuenta del doctor. Así era él, generoso, pero sin presumir. Por eso, cuando empezaron las cosas raras, me dolió más, porque yo ya lo respetaba. Un día, después de dejarlo en una cena elegante, me mandaron avisar que no lo recogiera a la puerta principal, sino por una calle de atrás. Eso no era común. Él siempre salía por la entrada bonita donde estaban las cámaras y los fans.

Esa noche salió rápido, sin saludar a nadie, sin la sonrisa de siempre. Se subió al coche, cerró la puerta y solo dijo, “Arráncate, Julián. ¿A dónde Mario? Me dio una dirección que no estaba en la agenda, una colonia que yo conocía, pero por cosas que mejor no se cuentan. No era zona de artistas ni de políticos, era zona de negocios de otros. En el camino iba serio, sin decir palabra. Yo miraba por el retrovisor de vez en cuando, pero él traía la vista clavada en la ventana como si quisiera memorizar la ciudad por última vez.

Al llegar a la zona, me pidió, “Apaga las luces antes de llegar a la esquina. Eso no es algo que se le pide a un chóer por simple gusto. Ahí fue la primera vez que sentí que algo no cuadraba. Paré donde me dijo, se ajustó el saco, se puso una gorra que llevaba doblada en la bolsa y antes de bajar me miró. Julián, pase lo que pase hoy tú no viste nada. Estamos Yo no supe qué contestar.

No más dije, “Sí, Mario.” Se bajó y se metió entre las sombras, como cualquier hijo de vecino. Nada de reflectores, nada de gente pidiéndole foto. Ahí no era Mario Moreno el ídolo. Ahí era un hombre más caminando donde no debía estar. Me quedé solo en el coche con el motor apagado y el corazón acelerado. Nunca me había sentido tan nervioso como chóer. No sabía si estábamos ahí por algo bueno o por algo muy malo. Y la verdad, esa noche por primera vez lo pensé.

¿En qué está metido este hombre? Todavía no sabía que la respuesta era al revés de lo que parecía, pero todo empezó con esa frase. Arranca y no mires para atrás. Aunque yo la verdad desde ese día ya no pude dejar de mirar. Después de esa primera noche rara pensé que iba a hacer cosa de una sola vez, que tal vez había ido a ver a alguien enfermo o a ayudar a un conocido con problemas. Uno siempre trata de pensar bien de la gente que respeta.

Yo la verdad no quería creer que el señor Mario anduviera metido en cosas chuecas. Los días siguientes fueron normales. Estudios, entrevistas, comidas con productores, reuniones con políticos que se reían de todos sus chistes, aunque no fueran tan buenos. Yo observaba, manejaba y me aprendía los tiempos de la ciudad. Ya sabía cuánto tardábamos de su casa al set, del set al teatro, del teatro al restaurante, todo marcadito en mi cabeza. Pero como a las dos semanas volvió a pasar algo fuera de lo normal.

Una tarde después de una filmación larga, en lugar de ir directo a casa, me dijo, “Vamos a pasar primero por un encargo.” No era raro que me pidiera eso. A veces había que ir por un traje, por unos papeles, por alguna chamarra que se le había quedado en no sé dónde. Yo solo pregunté, “¿A dónde, Mario?” me dio una dirección en voz baja. Era por el rumbo de un mercado grande, pero no el bonito, el otro, el bravo.

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