Fui chofer de CANTINFLAS y esa NOCHE descubrí algo que NO podía CREER…

Yo lo conocía porque ahí crecí cerca. No era zona para andar de noche con reloj caro. Cuando llegamos a la esquina me dijo, “No entres a la calle principal. Métete por la de atrás.” Obedecí. Siempre obedecía. Ahí, en una esquina medio oscura, ya estaba esperando alguien, un tipo flaco, alto, con un sombrero gris, no de charro ni elegante, simple, pero bien acomodado. Tenía cara de pocos amigos. Mario bajó la ventanilla apenas. Ya está. Preguntó el del sombrero.

Asintió y abrió la cajuela sin pedir permiso. Metió una maleta negra, mediana de esas, sin logotipo ni nada. Solo la vi un segundo por el retrovisor, pero se notaba pesada. No sonaba a ropa, sonaba a algo compacto, duro. A mí se me encogió el estómago. El del sombrero dijo, “Ahí va todo.” Mario respondió serio. “Que no falte nada porque luego no hay tiempo, pa” arreglos. Yo traje saliva. Esa frase no sonaba a ropa, olvidada, sonaba a negocio.

De esos que si salen mal no se arreglan con perdón, jefe. El del sombrero se inclinó un poco para ver hacia adentro. me miró directo. Sus ojos eran fríos, no agresivos, pero fríos. ¿Es de confianza?, preguntó refiriéndose a mí. Mario contestó sin tardarse. Si no, confiara en él, no estaría aquí. El del sombrero hizo un gesto como diciendo, “Ya veremos.” Cerró la cajuela y se fue caminando, perdiéndose entre los puestos del mercado. Cuando arrancamos, yo sentía las manos sudadas en el volante.

No dije nada. hasta que no aguanté. Mario, ¿qué traemos atrás? Él tardó en contestar. Miraba por la ventana pensativo. Trabajo, Julián, dijo al final. Cosas que no se pueden mandar por correo. No me gustó la respuesta. Sonaba a broma, pero su cara no estaba bromeando. Trabajo de qué tipo, insistí. se me quedó viendo por el retrovisor, no enojado, pero muy serio. Mientras tú manejes bien y tu familia esté bien, tú y yo no vamos a tener problemas.

Me dijo, “Hay cosas que si las sabes, ya no duermes y tú tienes que dormir. Me cayó como balde de agua fría. Era una forma elegante de decir, no te metas.” Bajé la mirada y ya no dije nada, pero mi cabeza no paraba. En el camino de regreso noté algo más. No tomamos la ruta directa. Me hizo dar vueltas, cambiar de calle, meternos por avenidas más iluminadas, luego regresarnos a calles más chicas. Eso no era tráfico, eso era ver si nos seguían.

vi por el espejo varias veces. No noté nada raro, pero ya estaba nervioso. Empecé a fijarme en cada coche, en cada moto, en cada faro. Al llegar a su casa, Mario no me dejó subir la maleta ni llamar a nadie. Se bajó él mismo, abrió la cajuela, la cargó con esfuerzo y entró rápido por la puerta lateral, no por la principal, como si no quisiera que nadie de la casa lo viera. Esa noche, cuando llegué a mi casa, mi esposa me notó raro.

¿Te pasó algo?, me preguntó mientras servía la cena. Nada, que anduve por zonas feas. Dije esquivando. No quise preocuparla, pero me costó trabajo tragar la comida. Tenía la imagen de la maleta clavada en la cabeza. Maleta negra, sombrero gris, rutas raras, frases cortas. Y no fue la última vez. Empezaron a repetirse esas vueltas, no diario, pero sí seguido, siempre de noche, siempre con instrucciones raras. No te pegues tanto al coche de adelante. No te quedes en el semáforo si ves que no viene nadie.

Si alguien se te parece mucho en el espejo, le das la vuelta a la manzana. Yo ya no manejaba como chóer, manejaba como alguien que se siente observado. Las maletas cambiaban de tamaño, a veces era un sobre grande, otras veces era un paquete envuelto en papel café. El del sombrero gris aparecía y desaparecía. Nunca hablaba mucho. Pero yo empecé a notar cómo lo miraban otros tipos cuando se acercaba. Con respeto, pero también con cuidado. Una lluvia de pensamientos me cayó encima.

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