Traía una bolsa chica colgando y un suéter delgado, aunque hacía frío. Tenía la cara hinchada como de tanto llorar. Mario puso una mano en su hombro. Ella dudó en dar el paso, pero al final salió. Los vi caminar hacia el coche. La muchacha volteaba hacia los lados como si esperara que de alguna esquina saliera alguien a jalarla de vuelta. Mario le abrió la puerta de atrás. “Súbete”, le dijo suave. Él es de confianza. Ella subió despacio, casi arrastrando los pies.
Se sentó y se pegó a la puerta contraria, como queriendo estar lo más lejos posible de todos. Yo no pude quedarme callado. Buenas noches dije sin voltear mucho. Ella apenas murmuró algo que sonó a buenas. Mario se subió adelante y ordenó. Vámonos. ¿A dónde? Pregunté. Me dio una dirección que no conocía. No era ni su casa, ni el estudio, ni el teatro, ni ninguna de las rutas de siempre. Apenas avanzamos, la muchacha preguntó con voz baja. Allá también están ellos.
Mario la miró por el espejo. No, allá no. Es que si me regresan, ya no salgo. Dijo casi en susurro. Esa frase me cayó como piedra. Si me regresan, ya no salgo. Yo no sabía exactamente qué quería decir, pero no sonaba a regaño ni a despido. Sonaba amenaza de esas que no se escriben en papel. Nadie te va a regresar, le aseguró Mario. Mientras estés conmigo. No, yo manejaba, pero mi cabeza ya iba a 1000 por hora.
¿Quiénes eran ellos? ¿Y por qué no podía regresar? ¿Y qué pintaba mi patrón en todo eso? Vi por el espejo al coche del sombrero. Cris seguía detrás. No nos rebasaba, no se alejaba, solo venía. La muchacha se echó hacia adelante un poco. ¿Y él quién es?, preguntó señalándome con la barbilla. Es mi chófer, respondió Mario. Es familia de este lado. No te preocupes, familia. Esa palabra me dio orgullo, pero también me metió el problema, aunque yo no quisiera.
De repente, Mario se inclinó hacia mí. Julián, si ves que ese coche de atrás se te pega demasiado, haces lo que tengas que hacer, pero no te paras, ¿eh? ¿Qué es demasiado? Pregunté nervioso. Lo vas a sentir, dijo. No me gustó la respuesta, pero tenía razón. Uno siente cuando algo ya no es normal. La muchacha atrás empezó a llorar quedito con la cara tapada. Yo quería decirle algo, aunque fuera una tontería, pero no se me ocurrió nada.
¿Qué le dice uno a alguien que tiene miedo de no volver a salir? Solo atiné a bajar un poco la velocidad para esquivar un bache y en eso me di cuenta. El coche del sombrero ya no estaba solo. Más atrás venía otro sin placas. con las luces medio apagadas. Ahí supe que esto ya no era una simple vuelta rara y que la muchacha no era invitada. Era alguien que no podía regresar porque si regresaba la historia se acababa para siempre.
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