Luego, de pronto, cambió de carril y se colocó detrás del otro coche sin placas. Mario lo vio por el espejo y murmuró, “Ya se dieron cuenta que no la traen ellos. Ahora vienen por nosotros. Yo tragué saliva. Ya no era solo una sospecha, no era solo un se me hace que yo ya había visto el papel y la verdad incómoda era clara. El señor Mario estaba metido en cosas muy peligrosas, pero no para robar. ni para extorsionar.
Se estaba metiendo con los que sí hacían eso y nosotros íbamos en medio en un coche que cada vez se sentía más chico. Las luces de la ciudad se sentían más fuertes, como si todo brillara deás. No sé si era la hora o los nervios, pero yo notaba cada poste, cada sombra, cada reflejo en los vidrios de los locales. Detrás de nosotros ya no era solo un coche, ahora eran dos. bien formaditos, como si fuéramos caravana. Nada más que nosotros no queríamos ir juntos.
Mario veía por el retrovisor con esa calma rara que a mí me ponía más nervioso. No corras de más, Julián, me dijo. Si corres, das aviso. Si vas muy lento, te cierran. Mantén el paso como si nada. Como si nada, dijo. Qué fácil. La muchacha iba pegada al asiento con la bolsa abrazada. No lloraba ya. El miedo a veces hace eso, te deja seco. ¿A dónde vamos? Pregunté con la voz un poco más alta de lo normal.
Mario me dio una dirección que no estaba en mi lista mental de lugares normales. Era por una zona donde había edificios viejos de oficinas, casi todos oscuros a esa hora. No era barrio bravo, pero tampoco zona de ricos. Ahí nos esperan dijo. ¿Quiénes? Pregunté. Él no respondió luego luego. Eso nunca es buena señal. Gente que puede usar lo que trae la muchacha sin morirse en el intento. Dijo por fin y que no está tan vendida. Por ahora seguimos avanzando.
Yo trataba de no ver tanto el retrovisor, pero era inevitable. Los coches seguían ahí. No se pegaban demasiado. No nos rebasaban, solo estaban. Eso a veces da más miedo que si ya te cerraron el paso. Al llegar a la zona, Mario me pidió que diera vuelta en una calle angosta. Despacio aquí, Julián, ya casi. Al fondo vimos un edificio gris de varios pisos, con ventanas rectangulares, todas iguales. No tenía letrero afuera, solo una puerta metálica y un foco arriba.
Parecía fábrica abandonada, pero cuando nos acercamos vi que no. Estaba tan muerto. Había un guardia sentado en una silla junto a la puerta. Mario me indicó. Párate aquí, pero con el coche apuntando de salida. Nunca de frente. Hice lo que dijo. El guardia nos miró con cara seria. Cuando vio quién venía atrás, cambió el gesto. Se levantó, hizo una seña con la mano y la puerta se abrió desde adentro. Nos están esperando, murmuró Mario. No bajes a apagar el coche todavía.
Se volteó hacia la muchacha. En cuanto yo abra la puerta, tú te bajas y entras con ellos. No mires atrás. No salgas hasta que te lo digan ahí adentro. ¿Entendido? Ella asintió con la cara blanca. ¿Y usted? Preguntó. Yo voy a ver otra puerta. dijo él con una media sonrisa. Tú no más sigue la tuya. Bajó primero él y luego la muchacha. Yo alcancé a ver que de dentro salió una mujer de traje sencillo, sin maquillaje exagerado, con una carpeta bajo el brazo.
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