Fui chofer de CANTINFLAS y esa NOCHE descubrí algo que NO podía CREER…

No parecía policía ni secretaria de oficina. Tenía otra presencia como de maestras de antes, serias pero justas. Es ella,” dijo Mario señalando a la muchacha. La mujer la tomó del brazo con cuidado, no con brusquedad. “Ya estás aquí”, le dijo bajo. “Pásale.” Las puertas se cerraron detrás de ellas. Yo me quedé solo. El coche con el motor prendido, el volante caliente y las manos heladas. El coche del sombrero gris no se acercó más. se quedó a media cuadra haciéndose el menso, el otro igual.

Pasaron unos segundos y salió otra persona del edificio. Esta vez un hombre de traje oscuro, corbata floja, cabello, peinado hacia atrás. Lo reconocí de inmediato. Lo había visto en periódicos dando declaraciones sobre limpiar cosas que nunca se limpiaban. Era de esos políticos que uno no sabe si creerles, pero ahí están. se acercó al coche y Mario se volvió a subir. Ahora en el asiento de atrás, el político se quedó afuera asomado por la ventanilla. “Llegaste tarde, Mario”, dijo.

Ya lo solían desde lejos. “Si hubiera llegado más tarde, no llegábamos”, contestó Mario. La traían marcada. El político miró hacia la esquina donde estaban los otros coches. Ya vi, pero aquí no pueden entrar tan fácil. La muchacha ya está adentro, dijo Mario. Bien, asintió el político. Ahora falta lo otro. Mario sacó de su saco el sobre manila doblado. ¿Es esto lo que querías? No. El político lo tomó, lo miró por arriba sin abrirlo todavía y dijo algo que me llamó la atención.

Yo no quería, corrigió. Me lo aventaste encima. Luego lo abrió, sacó los papeles y los revisó rápido. Movía los ojos de un lado a otro, fruncía el ceño, resoplaba de vez en cuando. ¿Te das cuenta de lo que es esto?, preguntó. Me doy una idea, dijo Mario. Esto no es una lista nada más. Esto es un mapa, dijo el hombre. Aquí están conectados todos. empresarios, militares, jueces, jefes de policía. Hasta de mi partido veo nombres y no de los chiquitos.

Se quedó callado un momento, luego me miró. Yo sentí que me atravesaba. ¿Él ya vio? Preguntó señalándome con la cabeza. Solo un pedazo dijo Mario. Lo suficiente para que entienda por qué estamos aquí. El político suspiró. Muy bien, dijo. Esto lo tengo que mover con pinzas. Si lo uso mal, me truena en la cara. Si no lo uso, seguimos igual. Y si se enteran que lo tengo. No terminó la frase, no hacía falta. Lo que me preocupa, añadió, es que esto no es todo.

Si la muchacha vio esto, vio más. Hay más copias. Dije sin pensar. Él me vio con atención. Exacto, confirmó. Y los que están allá afuera lo saben. Por eso no solo quieren el papel, quieren su cabeza. Aunque quemen este sobre, si ella sigue viva, sienten que hay riesgo. Sentí que el piso del coche se hundía. Entonces, ¿de qué sirvió traerlo hasta acá? Pregunté un poco más fuerte de lo que debía. El político me sostuvo la mirada. No era soberbio, estaba cansado.

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