La cena en el restaurante más exclusivo de Mendoza era una celebración. Javier Monteiro, un multimillonario industrial de 50 años, levantaba su copa de champán para brindar con su prometida, Liana. Al día siguiente, firmarían un generoso acuerdo prenupcial y se casarían en una semana. Para Javier, era el comienzo de un nuevo capítulo. Para Liana, era la culminación de un plan para controlar su fortuna.

Mientras Javier estaba distraído con una llamada telefónica, Liana discretamente sacó un sobre de su bolso y vertió un polvo blanco en su copa de champán. El plan era simple: la droga, un potente sedante, simularía los síntomas de un derrame cerebral. Una vez incapacitado, un médico cómplice lo declararía incompetente, dándole a ella el control total. No quería ser su viuda, quería ser su carcelera.
El Susurro de la Advertencia
Pero el acto no pasó desapercibido. Desde el otro lado del salón, una joven camarera llamada Sofía lo vio todo: el polvo blanco, la sonrisa cruel en los labios de Liana. El corazón de Sofía se aceleró. Acusar a la prometida de uno de los hombres más poderosos de Brasil era un suicidio profesional. Podía perder su trabajo, ser demandada, destruida. Pero la imagen de aquel hombre a punto de beber pesaba más que su propio miedo. Tenía que hacer algo.
Cuando regresó a la mesa, fingió tropezar, inclinándose cerca de Javier mientras arreglaba los cubiertos. “Disculpe, señor”, susurró, y con los labios casi rozando su oído, añadió: “Hay una droga en su bebida. No la beba”. Sin esperar respuesta, se alejó.
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