“HAY UNA DROGA EN TU BEBIDA”, SUSURRÓ LA CAMARERA Y EL MULTIMILLONARIO EXPUSO A SU PROMETIDA…

Javier la miró alejarse, luego miró su copa burbujeante y después a su sonriente prometida. Y en ese instante, el hombre de negocios, calculador y frío, tomó el control…

Javier respiró hondo, dejando que su mirada recorriera la escena con la frialdad que lo caracterizaba. Su prometida, Liana, mantenía la sonrisa perfecta, confiada, segura de que su plan había salido a la perfección. Pero Javier no era un hombre fácil de engañar. Durante años, había aprendido a leer las intenciones de las personas como si fueran libros abiertos, y ahora todo encajaba en su mente como un rompecabezas: la sonrisa forzada, el sobre discretamente guardado en su bolso, la mirada calculadora.

Con calma, levantó su copa y fingió llevarla a los labios. Liana contuvo el aliento, esperando el colapso que nunca llegó. En el momento exacto en que fingió beber, Javier dejó que un poco del líquido cayera en la servilleta, y luego, discretamente, hizo un gesto con la mano a Sofía: era la señal que habían acordado previamente para emergencias. La joven camarera entendió al instante y salió del salón, buscando a seguridad del restaurante y al gerente, quienes ya habían sido alertados.

Liana parpadeó, confundida. Nunca había anticipado que Javier estuviera tan alerta, ni que alguien más pudiera interferir. Su plan, meticulosamente planeado durante meses, se desmoronaba ante sus propios ojos. La sensación de control que creía tener comenzó a resquebrajarse.

—“Liana,” dijo Javier con voz suave pero cargada de amenaza, “creo que tenemos que hablar sobre tus intenciones antes de firmar ningún acuerdo.”

La sonrisa de Liana se desvaneció lentamente, reemplazada por una mezcla de sorpresa, indignación y miedo. Su corazón se aceleró; nunca había considerado la posibilidad de que Javier supiera antes de que ella actuara. Antes de que pudiera reaccionar, la seguridad del restaurante se acercó y la escoltó discretamente a un lado, mientras Javier permanecía tranquilo, como si nada hubiera pasado.

Sofía regresó a su lugar, con la respiración agitada. Javier le lanzó una mirada agradecida: sus ojos, habitualmente fríos, ahora reflejaban reconocimiento y respeto.
—“Gracias,” dijo con un leve gesto de cabeza. “Acabaste de salvar más que mi noche. Gracias por tu valor.”

Mientras tanto, Liana estaba en una sala privada del restaurante, rodeada por seguridad y un par de policías que habían sido contactados discretamente. Intentó mantener la compostura, pero el miedo comenzaba a dominarla. Su plan no solo había fallado, sino que ahora enfrentaba consecuencias legales inmediatas. La impotencia la consumía.

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