Hice todo para salvar mi matrimonio. Aguanté silencios, mentiras y noches enteras llorando en el baño.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Por qué dices eso, cariño?

Emma levantó la cabeza. Sus ojos no parecían los de una niña. Parecían los de alguien que llevaba demasiado peso encima.

—Porque papá dice que hay cosas que no se cuentan. Que son secretos de familia. Y que si hablo… tú te pondrías muy mal.

La sangre se me congeló.

—¿Qué cosas, Emma?

Dudó. Trató de sonreír, pero le tembló el labio.

—Que a veces papá se enfada mucho cuando tú no estás. Y rompe cosas. Y luego me dice exactamente qué tengo que decir… para que no discutáis.

El aire desapareció de la habitación. En ese instante entendí algo devastador: no estaba luchando por un matrimonio roto.
Estaba protegiendo un secreto mucho más oscuro.

Esa noche no dormí. Me quedé sentada en la cama, observando la espalda de Daniel mientras respiraba con normalidad, como si nada en el mundo pudiera tocarlo. Yo, en cambio, sentía que el suelo se había abierto bajo mis pies.

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