A la mañana siguiente llevé a Emma al colegio como siempre. Le besé la frente y le dije que la quería. Esperé a que entrara al edificio antes de permitir que mis manos empezaran a temblar.
Pedí el día libre en el trabajo y regresé a casa. Necesitaba pensar. Recordé escenas que antes había minimizado: un jarrón roto “por accidente”, un portazo que había dejado una marca en la pared, la forma en que Daniel hablaba por Emma cuando alguien le preguntaba algo incómodo. “Está cansada”, decía. “No se expresa bien”.
No era cansancio. Era miedo entrenado.
Esa misma tarde hablé con la psicóloga infantil del colegio, Laura Méndez, sin mencionar nombres. Su silencio al otro lado del teléfono fue largo.
—Clara —dijo finalmente—, lo que describes es manipulación emocional hacia una menor. Y también violencia ambiental. Eso deja huellas profundas.
Huella. La palabra me atravesó.
Esa noche, cuando Daniel llegó a casa, lo observé con otros ojos. Noté cómo se tensaba cuando Emma dejaba caer un vaso. Cómo le corregía el tono al hablar. Cómo la miraba antes de responder por ella.
Decidí no confrontarlo. Aún no.
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