Durante las semanas siguientes, documenté todo. Grabaciones de audio cuando levantaba la voz. Fotos de objetos rotos. Mensajes donde me culpaba de su carácter. Y, lo más importante, comencé a hablar con Emma sin presionarla, sin preguntas directas. Solo creando un espacio seguro.
Un domingo por la tarde, mientras dibujábamos en la mesa del comedor, Emma me dijo en voz baja:
—Papá me hace practicar.
—¿Practicar qué, cariño?
—Lo que tengo que decir si alguien pregunta. Dice que es como un juego… pero si me equivoco, se enfada.
Ahí supe que ya no podía esperar.
Contacté con un abogado especializado en familia, Javier Solís, recomendado por Laura. Cuando le conté todo, no mostró sorpresa. Solo firmeza.
—Esto no va de un divorcio común —me dijo—. Va de proteger a tu hija.
La noche que tomé la decisión final, Daniel explotó por algo mínimo: una comida fría. Emma se encogió en su silla. Yo me levanté y me interpuse entre ellos.
—No vuelvas a hablarle así —dije con una calma que ni yo reconocía.
Daniel sonrió. Esa sonrisa falsa que conocía demasiado bien.
—Estás exagerando, Clara. Siempre dramatizas.
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