Nací en San Pedro Mixtepec, un pueblito de Oaxaca donde las casas son de adobe, las calles son de tierra y el amanecer huele a maíz y a leña. Mi papá, don Esteban, trabajaba la milpa con manos que parecían hechas de corteza; mi mamá, doña Soledad, lavaba ropa ajena y cantaba bajito mientras restregaba, como si la canción pudiera aligerar el cansancio. Éramos pobres, sí, pero en casa nunca faltó lo esencial: un plato caliente, una oración antes de dormir y esa dignidad que no se compra ni se vende.
Cuando cumplí dieciocho, la diabetes se le puso brava a mi papá. Los medicamentos costaban más que lo que ganábamos en semanas. Mi hermano Joaquín todavía era un chamaco y soñaba con seguir estudiando; mi hermana Guadalupe, con ser maestra. Una noche, mientras bordábamos junto al fuego, mi mamá me miró como se mira a alguien que va a partir: con miedo y con fe al mismo tiempo.
—En la Ciudad de México hay trabajo para muchachas como tú —me dijo—. Trabajo honrado, en casas de gente con dinero. Te vas, mandas algo, tu papá se alivia… y tus hermanos no abandonan la escuela.

Yo nunca había salido de mi pueblo. La ciudad, para mí, era una palabra enorme. Pero cuando uno ve a su padre apretarse el pecho de dolor y aun así sonreír para no preocupar, aprende rápido a ser valiente. Tres semanas después, con una maleta prestada y el corazón lleno de nudos, me subí a un autobús. Mi mamá me cosió mis mejores vestidos, me puso en la mano un collar de perlas falsas heredado de mi abuela y me hizo prometerle que no olvidaría de dónde venía. “Cabeza en alto y corazón limpio”, me susurró, como si eso fuera una armadura.
La Ciudad de México me tragó con su ruido. Me sentí una hormiguita en medio de edificios que tocaban el cielo. Pregunté direcciones, me perdí, volví a preguntar. Al final llegué a Lomas de Chapultepec, un mundo que parecía inventado: casas como palacios, rejas doradas, jardines que eran parques, carros que brillaban como si nunca les hubiera caído polvo.
La casa de los Mendoza era la más grande de la calle. Cuando toqué el timbre, me temblaban las manos. Me abrió una señora mayor, elegante, de cabello blanco impecable y ojos cansados. Tenía esa belleza tranquila de las mujeres que han amado mucho y también han llorado en silencio.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
