—¿Tú eres Esperanza? —me preguntó con voz suave.
—Sí, señora… vengo por el trabajo.
—Soy Carmen Mendoza de Herrera —dijo—. Dime doña Carmen. Pasa, hijita. Se te nota el viaje.
No me esperaba lo que vino después: bondad. Me llevó a una cocina más grande que mi casa entera en Oaxaca y me sirvió chocolate caliente con pan dulce. Mientras comía, me contó su historia: viuda desde hacía cinco años, con un hijo único, Alejandro, dueño de una empresa de construcción que crecía como montaña. “Trabaja como si el trabajo fuera una manera de no sentir”, me dijo, y esa frase se me quedó clavada.
Esa noche, al enseñarme mi cuarto —pequeño pero cómodo, con una ventana que daba a un jardín de rosas—, doña Carmen me miró como si me estuviera adoptando con los ojos.
—Aquí no eres solo la empleada. Eres parte de la familia. Quiero que esta casa vuelva a sentirse como un hogar.
Y así empezó mi vida nueva. Me levantaba a las cinco, hacía café de olla, tortillas calientitas, chilaquiles cuando era día especial. Don Alejandro, cuando estaba, era distinto a lo que yo imaginaba de un hombre rico: siempre de traje, siempre con el teléfono pegado, pero respetuoso. Me daba las gracias. Preguntaba por mi familia. Me ofrecía permiso para visitar Oaxaca si lo necesitaba. Yo mandaba dinero cada quincena: mi papá mejoró, Joaquín siguió estudiando, Guadalupe se acercó más a su sueño. Por primera vez, sentí que mi sacrificio tenía sentido.
Con doña Carmen me volví cercana como una hija. Por las tardes tomábamos café entre los rosales y ella me contaba su juventud: también había llegado de un pueblito, también había tenido que luchar para ser aceptada. “Me enamoré del corazón de mi esposo antes que de su dinero”, decía con orgullo. Y cuando lo decía, sus manos tocaban las rosas como si tocaran recuerdos.
Dos años pasaron así: tranquilos, cálidos, como una rutina que cura. Yo pensé que la vida, por fin, me estaba devolviendo algo bueno. No sabía que la tormenta entraría por la puerta principal con tacones altos y perfume caro.
Se llamaba Isabela Vázquez Salinas. Tenía treinta y seis años y una belleza que parecía diseñada para impresionar: cabello rubio perfecto, maquillaje impecable, vestido negro elegante, joyas que lanzaban destellos. Cuando la vi por primera vez, lo supe sin entenderlo: no miró a las personas, miró la casa. Sus ojos se movían como si estuviera calculando el valor de cada cuadro, cada lámpara, cada rincón.
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