—De verdad. Y se llamará Centro de Convivencia Doña Carmen Esperanza —añadió—. Porque ustedes dos me enseñaron lo que vale la lealtad.
Yo sentí que el pecho se me llenaba de algo tibio. Ese nombre, esa idea, era como decirle al dolor: “no ganaste, te transformamos”.
Isabela intentó volver en forma de chismes, de amenazas, de demandas. Pero cuando la verdad está grabada, la mentira se queda sin aire. Al final se fue de la ciudad, buscando otra víctima en otro lugar, y yo solo pensé en lo triste que debe ser vivir como ella: creyendo que el amor se roba.
El centro se construyó. Con jardines, cocina grande, salones, actividades. Doña Carmen enseñaba recetas tradicionales como quien reparte memoria; yo organizaba talleres, escuchaba historias, abrazaba a abuelitos que llegaban con los mismos ojos tristes que vi en doña Carmen cuando Isabela la estaba rompiendo por dentro. Poco a poco, esos ojos volvían a brillar. Y yo aprendí que la vejez no es el final: es una biblioteca llena de páginas que todavía pueden leerse si alguien se toma el tiempo.
Años después, una tarde, estábamos doña Carmen y yo en el jardín, cuidando las rosas. Ella, ya con ochenta, seguía firme, terka, luminosa.
—¿Te arrepientes de haberte quedado conmigo? —me preguntó—. Pudiste haberte ido, casarte, hacer tu vida.
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