Las palabras se me quedaron adentro como vidrios.
Y, sin embargo, no me fui entonces. No me fui porque el miedo a estar sola es un carcelero muy eficaz. No me fui porque una parte de mí todavía quería creer que Daniel iba a despertar, que iba a mirarme de nuevo como antes, que todo era una mala racha, una tensión pasajera. No me fui porque yo misma empecé a hacerme chiquita para caber en la incomodidad ajena.
Hasta esa noche.
Hasta que escuché “mañana la llevamos al asilo”.
Y ahí sí, algo en mí dijo basta.
Caminé casi una hora antes de detener un taxi. El chofer, un muchacho de barba cerrada y ojos honestos, me miró por el retrovisor cuando me acomodé en el asiento.
—¿A dónde la llevo, jefa?
Pensé unos segundos. Podía ir con alguna amiga, sí. Podía marcarle a Laura, o incluso a alguna prima lejana. Pero esa noche no quería caridad ni consuelo improvisado. Quería distancia. Quería altura. Quería recordar quién era antes de que me convencieran de que yo solo ocupaba espacio.
—Al hotel más elegante que conozcas en Paseo de la Reforma —le dije.
Levantó las cejas, pero arrancó sin preguntar nada más.
Durante el trayecto miré la ciudad por la ventanilla. Los anuncios encendidos, los puentes vacíos, los limpiaparabrisas dormidos, los puestos cerrados con lonas azules, todo me parecía irreal. Como si hubiera despertado dentro de otra vida. Saqué mi teléfono. Ya tenía tres llamadas perdidas de Daniel. Sonreí sin humor. Seguramente habían descubierto mi cuarto vacío. Seguramente estaban recorriendo la casa como si de pronto yo les importara.
Cuando llegué al hotel, eran casi las tres y cuarto. La recepcionista me recibió con una expresión entre desconcierto y protocolo. Una mujer de setenta años, sola, despeinada, con un bolso apretado contra el pecho y el rostro de quien acaba de sepultar algo vivo, no es precisamente la postal habitual del lujo.
—Buenas noches, señora —dijo—. ¿Tiene reservación?
Saqué mi tarjeta negra y la puse sobre el mármol.
—No. Pero quiero la mejor suite que tenga disponible. Por dos noches, para empezar.
El tono de su voz cambió en un segundo.
—Por supuesto.
Mientras firmaba, noté que mis manos seguían temblando. No de miedo ya. De furia. De una furia elegante, controlada, perfecta.
Subí a la suite presidencial y, apenas cerré la puerta, me recargué en ella y solté el aire. La habitación era inmensa. Cama king size, ventanales de piso a techo, sala privada, mármol en el baño, flores frescas, una vista gloriosa de la ciudad. Dejé el bolso sobre la mesa, fui hasta la ventana y miré las luces de la capital extendidas como un mar eléctrico bajo mis pies.
—No me van a encerrar —dije en voz alta—. Ni hoy ni nunca.
A las seis de la mañana empezó el concierto de llamadas.
Daniel.
Daniel.
Daniel.
Luego Victoria.
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