La tercera llamada fue a Laura, una amiga de juventud que se había vuelto corredora de bienes raíces y que siempre había tenido ojo para lo fino y olfato para las desgracias ajenas.
—Guadalupe, ¿eres tú? —contestó, medio dormida.
—Soy yo, comadre. Y necesito un departamento. Uno muy bonito. Muy privado. Y lo necesito ya.
Se quedó callada dos segundos.
—¿A quién mataste?
Solté la primera risa auténtica de la noche.
—Todavía a nadie. Pero no descartes la posibilidad emocional.
Laura soltó una carcajada.
—Dame tres horas.
Después apagué el celular por un rato. Quería paz antes de la guerra.
A las dos de la tarde bajé al salón de belleza del hotel. Me hicieron manicure, pedicure, corte, tinte de retoque y peinado. La estilista, una joven de pestañas larguísimas llamada Katia, no pudo evitar la curiosidad.
—¿Tiene algún evento importante, señora?
Me miré al espejo. Bajo el cansancio, seguía estando yo. Solo necesitaba volver a convocarme.
—Sí —le dije—. Voy a presentarme de nuevo ante mi propia vida.
A las cuatro en punto entré al despacho de Benjamín, en un edificio altísimo de Santa Fe. Desde ahí se veía la ciudad extendida, arrogante y hermosa. Él me recibió con café recién hecho y una carpeta abierta.
—Cuénteme todo —dijo.
Y yo le conté.
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