Juan Gabriel DETUVO la Canción a Mitad del Show Cuando vio a un Anciano Siendo Sacado por Seguridad…

Juan Gabriel estaba a mitad de Amor eterno cuando vio a dos guardias de seguridad arrastrando a un anciano hacia la salida del Auditorio Nacional. El hombre lloraba y gritaba, “¡Solo quiero que me escuche, por favor!” Mientras intentaba resistirse sin éxito, la música seguía sonando. Los 20 músicos en el escenario no sabían qué hacer y las 14,000 personas en la audiencia miraban confusas entre el escenario y la escena que se desarrollaba en el pasillo lateral. Juan Gabriel dejó de cantar a mitad de la estrofa.

levantó la mano para que la orquesta se detuviera y el silencio que cayó sobre el auditorio fue tan absoluto que se podía escuchar al anciano sollozando a 50 m de distancia. Era el 22 de junio de 1985 en la Ciudad de México y lo que Juan Gabriel hizo en los siguientes 20 minutos se volvería una de las historias más contadas sobre su humanidad. El Auditorio Nacional estaba completamente lleno esa noche. Era el quinto concierto consecutivo de una serie de presentaciones que Juan Gabriel estaba haciendo en junio después del éxito masivo de su álbum Recuerdo Zundy, que había vendido más de 3 millones de copias en México y Centroamérica.

Las entradas se habían agotado en menos de 3 horas cuando salieron a la venta dos meses antes, con precios que iban desde 800 hasta 5000 pesos dependiendo de la ubicación. Y afuera del auditorio en Paseo de la Reforma había cientos de personas que no consiguieron boletos, pero que esperaban escuchar algo desde las puertas. El show había comenzado puntual a las 9 de la noche con Juan Gabriel entrando al escenario con su traje característico de lentejuelas doradas. La energía era eléctrica y llevaba casi una hora cantando sus éxitos más conocidos cuando llegó el momento de Amor eterno, la canción que siempre generaba el momento más emotivo de cualquier concierto.

El anciano que estaba siendo arrastrado se llamaba Don Héctor Sánchez. Tenía 74 años y había viajado desde Puebla en autobús durante 3 horas solo para estar en ese concierto, porque necesitaba que Juan Gabriel escuchara algo que había escrito. Don Héctor no tenía boleto. Había intentado comprar uno cuando salieron a la venta, pero su pensión de jubilado apenas le alcanzaba para comer y pagar su cuarto en una vecindad de Puebla. Así que había ahorrado durante 2 meses los 200 pesos que le costó el viaje en autobús y llegó al Auditorio Nacional con la esperanza de que alguien le regalara un boleto o lo dejara entrar.

Pasó dos horas afuera rogándole a la gente que entraba si tenían un boleto extra, ofreciendo los últimos 50 pesos que le quedaban, pero nadie le hizo caso. Cuando el concierto comenzó y las puertas se cerraron, don Héctor se quedó afuera escuchando la música amortiguada que salía del edificio, llorando porque había llegado tan lejos y no podría cumplir su misión. A mitad del concierto, cuando los guardias de seguridad salieron a fumar durante una pausa entre canciones, don Héctor vio su oportunidad y se coló por una puerta lateral que alguien había dejado entreabierta.

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