Caminó por los pasillos oscuros del auditorio siguiendo el sonido de la música hasta que encontró una entrada que daba directamente al área de butacas. Y en el momento en que Juan Gabriel comenzaba, “Amor eterno, don Héctor entró tambaleándose porque sus piernas ya no funcionaban tan bien como antes. Se quedó parado en el pasillo lateral, llorando mientras escuchaba la canción y empezó a caminar despacio hacia el escenario, aunque sabía que nunca llegaría tan lejos. Solo quería estar más cerca.
Solo quería que Juan Gabriel lo viera. Pero los guardias de seguridad lo detectaron inmediatamente. Dos hombres grandes con uniformes negros que se acercaron y le dijeron que tenía que salir, que no podía estar ahí sin boleto. Don Héctor intentó explicarles que solo necesitaba un minuto, que había viajado desde Puebla, que por favor no lo sacaran, pero los guardias no querían escuchar excusas y comenzaron a arrastrarlo hacia la salida. Juan Gabriel vio todo esto desde el escenario. Estaba a mitad de la segunda estrofa de amor eterno.
Cuando notó el movimiento en el pasillo lateral, vio a un anciano flaco con ropa gastada siendo arrastrado por dos guardias mientras lloraba y gritaba algo que no se entendía por la música. Su primer instinto fue seguir cantando, porque esto pasaba ocasionalmente en conciertos grandes, gente tratando de colarse sin boletos y la seguridad estaba entrenada para manejar estas situaciones sin interrumpir el show. Pero algo en la forma en que el anciano lloraba, en su desesperación genuina, en cómo no se resistía con violencia, sino con súplicas, hizo que Juan Gabriel se detuviera.
Dejó de cantar a mitad de una frase, levantó la mano para que la orquesta dejara de tocar y cuando la música se detuvo, la voz quebrada de don Héctor gritando, “¡Solo quiero que me escuche!” resonó por todo el auditorio en ese silencio repentino. 14,000 personas giraron sus cabezas para ver qué estaba pasando y Juan Gabriel bajó del escenario. Juan Gabriel caminó por el pasillo central del auditorio mientras 14,000 personas lo miraban sin entender qué estaba pasando. Sus zapatos de charol hacían eco en el silencio absoluto.
Y cuando llegó donde estaban los guardias sujetando a don Héctor, les dijo con voz firme, pero tranquila, “Suéltenlo.” Los guardias lo miraron confundidos. Uno de ellos intentó explicar que el señor se había colado sin boleto y que solo estaban haciendo su trabajo, pero Juan Gabriel repitió, “Suéltenlo.” Con un tono que no dejaba espacio para discusión. Los guardias obedecieron inmediatamente y don Héctor casi se cayó porque sus piernas temblaban tanto que apenas lo sostenían. Pero Juan Gabriel lo agarró del brazo para estabilizarlo y le preguntó, “¿Cómo se llama, señor?” Don Héctor apenas podía hablar entre sollozos.
Logró decir, “Héctor Sánchez, vengo de Puebla.” Y Juan Gabriel asintió como si eso explicara todo. “¿Que necesita decirme que es tan importante que viajó desde Puebla sin boleto?”, preguntó Juan Gabriel. Y don Héctor sacó de su bolsillo un papel doblado tantas veces que las líneas de los dobleces estaban gastadas. Sus manos temblaban mientras lo desdobló, mostrando una carta escrita a mano con letra temblorosa. “Mi esposa murió hace tres meses”, dijo don Héctor con voz quebrada. Estuvimos casados 52 años y cuando estaba en el hospital me pidió que si algo le pasaba yo le hiciera llegar
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