En paz.
Un piano.
Libros.
Plantas.
Un espacio de trabajo.
Meses después, alguien me preguntó si la entrada me recordaba a ese día.
Sí.
Pero no como una traición.
Como el momento en que me detuve. Negociando con ello.
Porque reconocer quién es alguien… es una cosa.
Actuar en consecuencia es otra.
Adrián creía que las palabras podían controlarme.
Creía que el miedo funcionaría.
Se equivocaba.
No compré esa casa por su poder.
La compré para no volver a vivir jamás bajo el techo equivocado.
Y cuando regresó a reclamarla…
Lo único que encontró fue silencio, un espacio vacío… y una puerta que ya se había cerrado.
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