Y Mariana, arrastrando maletas.
Se acercaron como si fueran los dueños.
Introdujo el código.
Nada.
Lo intentó de nuevo.
Cerrado con llave.
“¿Adrián?”, preguntó su madre.
Abrí la puerta un poco.
Lo justo.
Adentro: vacío.
Sin muebles.
Sin decoración.
Sin calidez.
Solo silencio.
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