La casa siguió siendo mía.
Y la reconstruí, poco a poco.
En paz.
Un piano.
Libros.
Plantas.
Un espacio de trabajo.
Meses después, alguien me preguntó si la entrada me recordaba a aquel día.
Sí.
Pero no como una traición.
Como el momento en que dejé de negociar con ella.
Porque reconocer quién es alguien… es una cosa.
Actuar en consecuencia es otra.
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