Fue entonces cuando levantó la vista.
Y lo vi, lo vi de verdad.
No al hombre encantador que todos admiraban.
No al marido despreocupado.
Algo más frío.
Algo despojado de pretensiones.
“No empieces con tu drama, Valeria”.
“No estoy armando un drama. Te pregunto por qué tomaste decisiones sobre mi casa sin consultarme”.
Se rió, una risa corta, seca y desagradable.
—¿Tu casa?
Sentí un vacío en el estómago.
—Sí. Mi casa.
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