Cociné el plato favorito de Daniel, puse la mesa con nuestra vajilla nupcial y serví vino caro. Se rieron y charlaron como si nada hubiera pasado.
“Ah”, dije con naturalidad, “Traje algo de Chicago”.
Conecté mi teléfono al televisor.
La primera foto llenó la pantalla: Madison en mi bata, en mi cama.
Luego los mensajes. Los apodos. Las promesas.
Daniel palideció. A Madison le temblaban las manos.
“Qué curioso tiene la tecnología”, dije con calma. “A veces los mensajes van al teléfono equivocado”.
Intentaron explicarse. Disculparse.
Me puse de pie.
“Mientras yo trabajaba para mantener a esta familia, ustedes jugaban a las casitas en mi casa”.
Entonces les di una opción:
“Si quieren tener alguna oportunidad de ver a los niños después del divorcio, suban ahora mismo y díganles la verdad”.
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