Firmé los papeles del divorcio con rapidez, como si no significaran nada.
Pocos días después, me mudé definitivamente con Valeria.
Abandoné a Mariana —la mujer a la que llamé esposa durante tantos años— sin darle ninguna explicación ni a su familia ni a los vecinos.
Valeria era completamente diferente.
Siempre sonriente, siempre acariciándose el vientre, siempre hablando de nuestro futuro hijo. La presumía con orgullo ante mis padres. Mi madre estaba encantada.
—Por fin habrá un heredero —dijo, tomando la mano de Valeria con emoción.

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