La puerta de la capilla se abrió y Juan Gabriel entró como si el destino lo hubiera llevado hasta ahí, sin invitación, sin aviso, simplemente caminando hacia el interior de ese lugar humilde en pleno corazón de México, con sus lentes oscuros y un traje que brillaba demasiado para una capilla de 5000 pes. María Elena, parada frente al altar con su ramo de flores de plástico apretado contra el pecho, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones cuando lo reconoció.
Y el ramo cayó al piso con un golpe seco que resonó en el silencio repentino. Roberto se quedó congelado con la boca abierta. Los seis invitados en las bancas giraron las cabezas al mismo tiempo como si fueran una sola persona. Y el pastor dejó caer su Biblia gastada porque era imposible no reconocer a ese hombre que acababa de interrumpir la ceremonia más barata de toda la capital mexicana. Era el 18 de julio de 1987, 3:40 de la tarde, en la colonia Doctores de la Ciudad de México, donde la capilla Sagrado Corazón de Jesús se escondía
en una calle lateral entre la avenida Cuautemoc y el eje central, apretada entre una tienda de abarrotes que vendía todo fiado y una zapatería con zapatos viejos en el aparador. El letrero pintado a mano estaba despintado por el sol y la lluvia del valle de México. Y adentro el ventilador de techo hacía un ruido constante mientras el olor a incienso barato intentaba esconder el olor a humedad y asientos de bodas anteriores. Esta era la capilla más económica de toda la zona.
El lugar donde la gente sin dinero venía a casarse cuando el amor era más grande que la cuenta bancaria. Y 5000 pesos era todo lo que María Elena y Roberto habían logrado ahorrar en 6 meses de trabajo. María Elena tenía 23 años y sus manos estaban ásperas de lavar platos en su propio apartamento. Después de servir mesas 12 horas al día en el restaurante El Rincón michoacano, ubicado en la calle Génova de la zona rosa, donde turistas y capitalinos le dejaban propinas de 100 pesos si tenía suerte y le gritaban órdenes que ella fingía no escuchar bien.
Su vestido de novia había costado 800 pesos en el tianguis de la lagunilla y tenía un rasgón en el dobladillo que ella misma había cosido a mano con hilo blanco, que no era exactamente del mismo tono, pero bajo la luz tenue de esa capilla barata, se veía casi hermoso, casi digno del momento más importante de su vida. Roberto tenía 25 años y lavaba platos en ese mismo restaurante donde se conocieron entre el vapor que salía de los fregaderos industriales y las órdenes que el cocinero gritaba y el traje que llevaba puesto era de su primo Héctor, porque Roberto no tenía uno propio.
Así que los pantalones estaban doblados en los tobillos y la chaqueta le colgaba holgada de los hombros como si fuera un niño jugando a ser adulto. En las tres bancas de madera estaban sentados los únicos seis invitados que pudieron llegar a esta boda que no tendría mariachi, ni cena ni baile. Solo amor y esperanza y la promesa de construir algo juntos en esta ciudad inmensa que los trataba como extranjeros. Héctor, el primo que prestó el traje, estaba ahí con su esposa Carmen.
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