La Boda Más Barata de México — hasta que Juan Gabriel la Convirtió en el Recuerdo Más Caro de Todos…

Los dos con las manos callosas de trabajar en construcción en las obras del periférico sur y junto a ellos estaban Lupita y Ramón, compañeros de trabajo del restaurante, que habían cambiado sus turnos para poder estar presentes en este momento. Al fondo, casi escondida en la última banca, como si no quisiera llamar la atención, estaba doña Consuelo, la vecina de 70 años que vivía en el mismo edificio de apartamentos en la colonia obrera, justo detrás del mercado de Sonora y que les llevaba tamales los domingos porque decía que estaban muy flacos, tratándolos como si fueran los nietos que ella nunca tuvo.

Las familias verdaderas de María Elena y Roberto estaban en Michoacán y Jalisco trabajando en campos y fábricas sin dinero para viajar a la capital ni siquiera por un día. Así que estas seis personas eran todo lo que tenían. Juan Gabriel se quitó los lentes oscuros con un movimiento lento y deliberado, guardándolos en el bolsillo interior de su saco, mientras sus ojos recorrían la capilla con esa mirada que había visto miles de escenarios, pero que ahora se detenía en cada detalle de este lugar humilde.

Llevaba seis noches consecutivas llenando el Auditorio Nacional en el Paseo de la Reforma con conciertos agotados donde miles de personas pagaron fortunas que iban desde 8,000 hasta 20,000es. solo por escucharlo cantar durante dos horas. Pero esa tarde había salido a caminar solo por las calles de la doctores porque estaba cansado del brillo artificial de la zona rosa y de la gente que lo reconocía cada cinco pasos pidiéndole autógrafos. buscaba algo real en esta ciudad construida sobre capas de historia y contradicciones.

Y entonces escuchó música mexicana saliendo de una capilla pequeña cerca de la glorieta de los insurgentes, esa música que le recordaba a su madre y a Parácuaro y a todo lo que había dejado atrás para convertirse en quien era ahora. Y por pura curiosidad empujó la puerta y entró sin saber que estaba a punto de cambiar la vida de dos personas para siempre. Cuando María Elena lo vio ahí parado en medio de la capilla, su primera reacción no fue alegría ni emoción, sino pánico puro y vergonzoso, porque Juan Gabriel, el hombre más elegante de México,

el artista que llenaba estadios y aparecía en la televisión con trajes que costaban más que todo lo que ella ganaría en un año. Estaba viendo su boda de 5,000es con sus flores de plástico y su vestido de segunda mano y su altar barato. Quería que se fuera. Quería que no viera la pobreza de ese momento que para ella y Roberto era lo más importante de sus vidas, pero que para cualquier otra persona debía parecer patético. Y las lágrimas empezaron a formarse en sus ojos, no de felicidad, sino de humillación.

Roberto sintió lo mismo. Esa vergüenza de ser visto en tu momento más vulnerable por alguien que vive en un mundo completamente diferente, pero apretó la mano de María Elena con fuerza. como diciéndole que no importaba, que seguirían adelante de todas formas. Juan Gabriel caminó despacio hacia el frente de la capilla y su mirada no mostraba burla ni lástima, sino algo más profundo, algo que María Elena no podía descifrar en ese momento, pero que años después entendería como reconocimiento.

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