Roberto la abrazó sosteniéndola porque sus piernas ya no la sostenían y Juan Gabriel los observó con esa ternura de quien entiende perfectamente lo que significa construir algo valioso. Con casi nada. organizó a todos para las fotos, los seis invitados al frente junto con los novios y en lugar de quedarse aparte se metió en medio del grupo diciendo, “Yo también salgo en la foto.” Fui invitado. No. Con esa sonrisa que hacía que todo pareciera posible. El fotógrafo tomó decenas de fotos desde todos los ángulos, capturó el beso, las manos entrelazadas, la forma en que Roberto miraba a María Elena como si fuera lo más valioso del mundo.
Y luego Juan Gabriel hizo algo más que nadie esperaba. le pidió al pastor el libro de registros donde se firman las bodas. Ese libro viejo con páginas amarillentas que guardaba los nombres de cientos de parejas que habían pasado por esa capilla de la colonia Doctores buscando hacer legal su amor. Y cuando el pastor se lo entregó con manos temblorosas, Juan Gabriel lo abrió hasta encontrar la página correspondiente. A ese día escribió su nombre en la línea de testigo con su firma característica, esa misma firma que aparecía en millones de discos vendidos en todo México y Latinoamérica.
Y cuando cerró el libro dijo, “Ahora es oficial. Fui testigo de su amor y nadie podrá decir que no es verdad.” 40 minutos después, cuando Juan Gabriel salió de la capilla, dejando atrás a una pareja que todavía no podía creer lo que acababa de pasar, y a seis invitados que contarían esta historia por el resto de sus vidas, el fotógrafo le dio a María Elena una tarjeta, prometiendo que en tr días tendrían todas las fotos impresas. Cortesía del señor Gabriel.
El camarógrafo les prometió un video en BHS dentro de una semana y mientras Juan Gabriel se alejaba caminando por las calles de la doctores de regreso hacia la zona rosa, María Elena y Roberto se quedaron parados en la entrada de su capilla de 5000 pes, que ahora valía más que todo el oro de Teotihuacán. La historia se volvió leyenda y se contó durante décadas en los restaurantes de la zona rosa, en las llamadas telefónicas a Michoacán y Jalisco, en las fiestas y reuniones familiares donde la gente se juntaba a recordar momentos extraordinarios que desafiaban la lógica del mundo.
La capilla Sagrado Corazón de Jesús puso una placa en la pared que decía, “En este lugar, el 18 de julio de 1987, Juan Gabriel cantó en la boda de María Elena y Roberto, recordándonos que el amor no tiene precio. Y las parejas que llegaban después querían saber todos los detalles. Querían pararse en el mismo lugar donde había estado Juan Gabriel. Querían sentir un poco de esa magia que todavía flotaba en el aire. Años después, cuando María Elena y Roberto tuvieron su primer hijo, lo llamaron Gabriel.
No por obligación, sino porque ese nombre les recordaba el día en que un extraño les dio el regalo más valioso que nadie les había dado jamás. La certeza de que su amor importaba sin importar cuánto dinero tuvieran en el banco. Hoy, más de 30 años después, María Elena y Roberto siguen casados. Ya no trabajan en el restaurante, tienen tres hijos y en la sala de su casa en la colonia del Valle. Todavía cuelga esa fotografía donde aparecen ellos y Juan Gabriel sonriendo en una capilla de 5000 pesos que por 40 minutos valió más que todo el oro del mundo.
Recordándoles cada día que el verdadero valor de un momento no está en cuánto costó, sino en cuánto significó. que la generosidad más profunda no es dar dinero, sino dar dignidad. y que a veces lo más extraordinario que puede pasar es que alguien vea lo ordinario y decida tratarlo como sagrado.
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