Linda se levantó, con su bata ondeando al viento.
Mark, no lo entiendes. Es una broma. Estábamos... ensayando una escena. Una obra benéfica.
¿Una escena? —dije con desdén, un sonido entrecortado y desagradable—. ¿A eso le llamas fraude electrónico? Tengo el informe del Dr. Vance, Linda. Sé que estás perfectamente bien. Tengo los videos tuyos haciendo yoga. Tengo los recibos de Neiman Marcus.
La cara de Sarah se puso pálida. La máscara...
El papel de "chica perfecta" no solo se desvaneció, sino que se hizo añicos.
"Mark, por favor", susurró. "Es que... estábamos apretados. La casa, el estilo de vida... Quería más. Lo hice por nosotros".
"Lo hiciste por una bata de seda y una manicura francesa", dije. "Y usaste el fondo universitario de Lucas".
"¡Los devuelvo!", gritó. "¡Cierro todo ahora mismo!".
"Demasiado tarde", dije. "Ya envié las pruebas a la plataforma. Y viene la policía".
El silencio que siguió solo fue roto por el lejano y creciente aullido de una sirena. El Departamento de Policía de Houston no se apresura a atender todos los casos, pero cuando envías un PDF de una estafa de cáncer de 50.000 dólares, con certificado médico incluido, la llamada se convierte en una prioridad.
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## La Caída de la Casa Morrison
Las dos horas siguientes fueron un torbellino de luces intermitentes y vecinos tras las cortinas. La detective Rachel Foster, con el pelo recogido en un moño severo y una libreta lista para tragarse cualquier mentira, dirigía la operación.
"Sra. Chen, Sra. Morrison", dijo desde el centro de la sala de estar simulada del hospital. "Hemos revisado los documentos que nos proporcionó su marido. También recibimos una orden inmediata de la plataforma para congelar los fondos. ¿Tienen algo que decir antes de que las llevemos a la comisaría para interrogarlas?"
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