La casa que había que defender

Etapa 1. Yoga, donde respirar se volvió más fácil por primera vez.
Después de la tercera clase, Marina de repente se sorprendió pensando: se sentía un poco mejor. No "bien", no "tranquila", simplemente mejor, como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación sofocante.

La instructora, una mujer delgada llamada Olga, la interrumpió un día después de la clase:
"Sigues levantando los hombros como si esperaras un golpe".

Marina sonrió, pero sin humor:
"Hábito".

"Los hábitos se curan. Lentamente. Pero se curan", dijo Olga, entregándole una botella de agua. "No tienes que vivir con la culpa de otra persona con tu cuerpo".

Por alguna razón, esta frase se le quedó grabada en la mente como una astilla. Marina caminó a casa, repitiéndola en silencio, como una oración. Todo en la entrada era igual: el olor de las cenas de los demás, las voces de los vecinos, el cartel publicitario en la valla publicitaria. Pero por dentro, por primera vez en semanas, sintió que no se ahogaba, sino que flotaba.

En casa, abrió el armario y sacó la caja con los documentos de sus padres, que hacía tanto tiempo que no se había atrevido a tocar. Su visión se oscureció con los recuerdos. Pero Irina Viktorovna dijo: «Necesitamos hechos». Marina rebuscó entre los papeles un buen rato y de repente se dio cuenta: los hechos no son solo papeles. Los hechos son ella misma, su memoria, su resiliencia.

Y fue ese día que se cambió la bata por ropa de casa por primera vez. Simplemente porque no quería parecer alguien fácil de conmover.

Etapa 2. Un agente inmobiliario en la puerta y una cerradura que giraba dos veces.

El miércoles a las seis, sonó el timbre. Marina ya sabía quién era. No abrió enseguida; miró por la mirilla.

Oleg. Con él había un joven con una carpeta y una sonrisa que decía: «Ya lo arreglaremos todo». Un agente inmobiliario.

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