La casa que había que defender

"¿Estás satisfecho?", siseó. "¡Le has quitado a mi hijo un futuro!"

Marina lo miró con calma.
"No, Oleg. Me privaste de un futuro hace veinte años, cuando me enseñaste a callar y a estar cómodo. Y al niño... déjalo tener un futuro con un ejemplo honesto. Si eres capaz."

Quería decir algo más, pero Svetlana ya estaba de pie junto a él. Lo miró, no con la admiración extasiada de antes, sino con intensidad, como si lo viera de lleno por primera vez.

Marina pasó junto a ellos y sintió algo extraño: no victoria. Libertad.

En casa, se quitó el abrigo, puso la tetera y, por primera vez en mucho tiempo, preparó un té de bergamota; no "a las siete para ver a mi marido", sino simplemente porque quería. Y el té ya no era sofocante.

Epílogo. "Me cambiaron por una amante embarazada e intentaron dejarme sin hogar".
Pasaron seis meses. El apartamento había cambiado: Marina tiró las cortinas viejas y desgastadas y compró unas nuevas, de colores claros. Puso plantas en el alféizar de la ventana. Colgó una foto de sus padres en la pared. No como un reproche, sino como un apoyo.

Continuó yendo a yoga. A veces, después de clase, ella y Olga tomaban café, y Marina se sorprendía riendo, sinceramente, sin forzar nada.

Oleg llamó un día. La voz sonaba apagada:
“Marin… yo… Sveta y yo… no funcionó. Dijo que solo sé amarme a mí misma”.

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