Marina guardó silencio un segundo. Luego respondió con calma:
“Quizás esta sea tu oportunidad de aprender”.
“¿Puedo… entrar?”, preguntó en voz baja. “¿Hablar?”.
Marina miró la puerta, la cerradura, que ya no era un símbolo de guerra, sino un símbolo de frontera.
“No, Oleg”, dijo. “Deberías haber hablado cuando elegiste. Ahora es demasiado tarde. Pero te deseo buena salud a tu hijo. Y a ti, la conciencia tranquila”.
Colgó el teléfono y no sintió ni un escalofrío ni dolor. Solo una ligera tristeza, como si extrañara a alguien que podría haber sido diferente, pero decidió no serlo.
Marina se acercó a la ventana. Los niños reían en el patio, los coches pasaban, la vida seguía. Y por primera vez en mucho tiempo, no la miraba como a una extraña.
Esta era su vida ahora.
Con un techo.
Y con dignidad.
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