La casa que había que defender

Tamara Pavlovna siseó:
"Siempre fue astuta..."

Y entonces Anya, la hija, se levantó por primera vez y habló con firmeza, aunque no estaba obligada a hablar:
"Papá, tú mismo dijiste: 'Tus suegros nos ayudaron entonces, si no, estaríamos viviendo en una residencia'. Lo recuerdo. Yo tenía diez años. Deja de fingir que lo has construido todo tú solo".

Oleg se quedó paralizado. Algo cruzó su rostro que Marina nunca había visto con tanta claridad: miedo, no al tribunal, miedo a la verdad.

Etapa 8. La decisión del tribunal y las maletas ya no eran suyas.
La decisión se dictó una semana después. Marina llegó sola; Anya estaba en un examen, Irina Viktorovna cerca.

El juez leyó la sentencia con sequedad, pero cada palabra resonó como una liberación: se reconoce que el apartamento fue adquirido principalmente con fondos recibidos como regalo de sus padres; Oleg recibe una compensación monetaria, significativamente menor de la que esperaba, dadas las circunstancias y su comportamiento; las medidas cautelares siguen vigentes hasta que se ejecute la sentencia.

Oleg palideció. Tamara Pavlovna se ahogó de indignación:
"¡Esto es indignante!"

El juez levantó la vista:
"Objeciones a favor de la apelación. Se aplaza la vista".

Afuera, Oleg alcanzó a Marina.

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