Mantente firme hasta que la gente te escuche.
Miguel apretó el último tornillo y probó la puerta. Alineó perfectamente.
"Así es", dijo. "Y también aprendiste que no estás solo".
La vida en la cocina volvió a la normalidad. Pero los acontecimientos del día no se desvanecerían fácilmente.
La investigación escolar continuaría. La llamada telefónica, la presión implícita por el dinero, la amenaza de involucrar a las autoridades; todo quedaría documentado.
Pero para Alejandro, lo más importante ya había sucedido: salió de esa clase con la cabeza en alto.
Y Miguel, al ver a su hijo caminar con confianza hacia su habitación, también comprendió algo: que la verdadera autoridad no se trata de miedo.
Se trata de protección firme.
La puerta del armario estaba arreglada.
Y de alguna manera, también algo más profundo entre ellos.
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