Carmen bajó del porche cuando el sol ya empezaba a ocultarse tras los olivos. Caminó despacio entre las hileras, con las manos cruzadas a la espalda, observando cada rincón donde yo había trabajado. De vez en cuando se agachaba, arrancaba una mala hierba diminuta y suspiraba con exageración.
— Bueno… no está del todo mal — dijo al final, con frialdad. — Pero podrías haberlo hecho mejor.
Las manos me ardían por los arañazos y la espalda me pesaba como si hubiera cargado sacos todo el día. “Podrías haberlo hecho mejor.” Tres años escuchando la misma frase, con distintas palabras. Nunca suficiente. Nunca a la altura.
La cena se sirvió en la terraza. Olía a guiso caliente y a pan recién cortado. Me senté con cuidado, intentando que no se notara el dolor. Javier hablaba sin parar, demasiado animado para ser natural: del vecino que quería vender su terreno, de la subida de la luz, de cualquier cosa que evitara el silencio.
Carmen sirvió primero el plato de su hijo. Luego el suyo. Cuando llegó a mí, se detuvo.
— A ver si te lo has ganado — dijo, mirándome fijamente.
Pensé que estaba bromeando.
— ¿Perdón?
— Aquí las cosas son claras. Quien no trabaja como debe, no come como debe. He tenido que repasar medio huerto.
Y dejó el cucharón en la olla. Mi plato quedó vacío frente a mí.
Javier carraspeó.
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