— Mamá, ya está bien…
— ¿Ya está bien qué? — respondió ella con sequedad. — Estoy enseñándole responsabilidad.
Sentí el calor subir por mi cuello. No era el hambre. Era la humillación. Miré a mi marido. Esperaba una palabra firme. Un gesto. Algo.
— Mamá, ya está bien…
— ¿Ya está bien qué? — respondió ella con sequedad. — Estoy enseñándole responsabilidad.
Sentí el calor subir por mi cuello. No era el hambre. Era la humillación. Miré a mi marido. Esperaba una palabra firme. Un gesto. Algo.
— Laura, no exageres — susurró él. — No lo dice en serio.
— Claro que lo dice en serio — respondí sin alzar la voz.
Me levanté. La silla raspó el suelo con un sonido seco.
— ¿A dónde vas? — preguntó Carmen, molesta.
— A casa — contesté con calma. — A mi casa.
— Si sales ahora, no esperes que vuelva a abrirte la puerta — sentenció.
La miré unos segundos.
— No me voy de mi matrimonio. Me voy de esta falta de respeto.
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