La continuación de la historia

Entré en la habitación de invitados y recogí mis cosas. Doblé la ropa con manos firmes. La bata gris quedó sobre la cama, bien plegada. No me la llevaría. Era el símbolo de todo lo que había aceptado en silencio.

Cuando salí con la maleta, Javier estaba en el pasillo.

— Laura, no hagas esto. Sabes cómo es mi madre.

— Sí — respondí. — Y sé cómo eres tú cuando ella habla.

Bajó la mirada.

— ¿Qué querías que hiciera?

— Que me defendieras.

No hubo respuesta.

El trayecto hasta Madrid fue silencioso. Las luces de la carretera pasaban rápidas mientras yo miraba por la ventana. Dentro de mí no había gritos ni lágrimas. Solo una claridad que dolía menos que la costumbre.

Al llegar al piso, Javier apagó el motor.

— No destruyamos todo por un plato de comida — dijo con voz cansada.

Lo miré.

— No es por el plato. Es porque permitiste que me lo quitaran.

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