— Hablaré con mi madre mañana. Le diré que si quiere vernos, tendrá que respetarte. Y respetarnos.
No sabía si sería fácil. Pero por primera vez lo escuché hablar sin miedo.
Fui a la cocina. Saqué dos platos y calenté la comida que tenía preparada desde el día anterior. La serví sin ceremonia y la llevé a la mesa.
— Siéntate — le dije.
Nos sentamos frente a frente. Una cena sencilla, sin espectadores ni juicios. Javier tomó la cuchara y me miró.
