La continuación de la historia

— Hablaré con mi madre mañana. Le diré que si quiere vernos, tendrá que respetarte. Y respetarnos.

No sabía si sería fácil. Pero por primera vez lo escuché hablar sin miedo.

Fui a la cocina. Saqué dos platos y calenté la comida que tenía preparada desde el día anterior. La serví sin ceremonia y la llevé a la mesa.

— Siéntate — le dije.

Nos sentamos frente a frente. Una cena sencilla, sin espectadores ni juicios. Javier tomó la cuchara y me miró.

— Perdóname, Laura.

Asentí.

— No quiero ser la que siempre cede — respondí.

— No lo serás — dijo en voz baja.

Comimos en silencio. Afuera se oían coches lejanos y alguna risa en la calle. Dentro, solo el sonido suave de los cubiertos.

No sabía qué pasaría al día siguiente. No sabía si Carmen aceptaría las nuevas reglas o si intentaría imponer las suyas desde la distancia. Pero algo había cambiado.

Por primera vez en tres años, no sentí que estuviera compitiendo por un lugar. Sentí que estaba ocupando el mío.

Y esa noche, nadie me retiró el plato.

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